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La Horda

—Está bien—dijo Feli más tranquila—. Te dejo, pero ¡cuidadito confaltarme a la
palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos comoesos matrimonios que no
tienen que rabiar por el puchero, que envían suslujos a un colegio, tienen su buena
casa allá en el barrio de Salamanca,salen a paseo juntos, y los días que hace mal
tiempo se dan unavueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados.
¿Puedeser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo nohe de
enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lodejas; no quiero que
se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.
Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarloscon sus
labios.
—Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso damucho
dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o tearaño. ¡Dónde iba yo a
meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.Escribirás en los periódicos, escribirás
libros; y si alguna vez lasseñoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas
tan monas quesabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no
meconoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor queuna mosca.
Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, leestrechaba en sus
brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, leacariciaba el cuello con el raso de
sus labios.
Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo dedescansar en algo
más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Perono durmieron: no tenían sueño.
Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de lacerradura y
la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.
Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase surisa,
seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando susignificación. ¡Plam!
¡plam! Era que se quitaba, los zapatones defraile, arrojándolos lejos. Ahora, se
desnudaba; después se tendía en eljergón.
La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con
grandescontorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendoigualmente,
sin saber por qué. ¿En qué pensaba?
—Pienso...—murmuró la muchacha—pienso en la figura que hará el santoen
camisa.
Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose suscarnes
desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijosofocado.
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