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La Hermana San Sulpicio

protección, a todo el mundo, y se llevó a suhija. En pos de él nos marchamos todos.
Las de Anguita salieron hasta elmedio de la calle a despedir a sus amigas. Pepita me
preguntó sivolvería al día siguiente, y como le respondiese que no sabía si mesería
posible, dijo haciendo un mohín de enfado que yo era «tanchinchoso y tan apestoso»
como mi amigo Villa. Salimos formando grupos,que se fueron dispersando por las
laberínticas encrucijadas de lascalles. Villa iba delante dando vaya a unas muchachas,
alegre otra vez ydespreocupado. Yo le seguía, llevando a mi lado al humorista D.
Acisclo.No sabiendo cómo entablar conversación con él, le dije:
—Es muy amena la tertulia de estas señoritas... y muy original... Sepasa bien el
rato.
—Usted es forastero, ¿verdad?—me preguntó gravemente.
—Sí, señor; hasta ahora no había estado en Andalucía.
—Pues ha hecho usted bien en venir, porque en Sevilla sólo hay trescosas dignas de
verse: la catedral, el alcázar y el patio de las deAnguita—repuso con graciosa
solemnidad.
VII
Preparativos para el bloqueo.
ATILDITA, como he dicho antes, debía de sospechar el deplorableresultado
de mi entrevista con el capellán del colegio del Corazón deMaría. No hacía más que
dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto podíade la lengua, a fin de cerciorarse de la
verdad del caso, o por venturapara meter su naricita en mis negocios y satisfacer el
inmoderado afánde dar consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés
enocultar la derrota, pues ya se había disipado en parte la vergüenza queme produjera,
concluí por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de lachiquilla. No cabía en sí de
 
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