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La Hermana San Sulpicio

—No, señor; es soldado de caballería. Salió reprobado en los exámenes,¿sabe uté?
y su padre le echó de casa. El pobre chico, aburrío, sentóplaza... Y le está muy bien el
uniforme, no crea uté, con su chaquetillaazul y su sable arrastrando...
—Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...
Matildita frunció la frente con severidad, y con su manecita hizo unademán
dignísimo.
VI
El patio de las de Anguita.
¿
UEse le ofrecía a usted, caballero?
—Don Sabino el capellán... ¿Se puede hablar con él?—articulé contrabajo, mirando
a la monja que asomó la cabeza por la ventanita sinreja que había al lado de la puerta.
La verdad es que no pensé hallarme con tan gentil portera. Era joven lamonjita y
tenía el rostro fresco y sonrosado, con ojos vivos ypenetrantes. Su acento era
marcadamente extranjero.
—Sí, señor... pero en este momento va a decir misa. Si usted quiereoírla, puede
subir después a su cuarto.
—Con mucho gusto—repliqué.
Retirose de la ventana, y acto continuo sonó un campanilleo de llaves yla puerta se
abrió con ruido de cerrojos que se corren.
—Pase.
 
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