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La Hermana San Sulpicio

Quedé clavado al suelo.
—¿Pero ha ido usted a contar al padre Talavera?...—preguntele conacento alterado.
—Le encontré sentado delante de su fonda con otros clérigos y echamosun párrafo.
Es una persona muy campechana y muy corriente. Le ha hechouna gracia atroz
nuestra pequeña juerga. Estos jesuitas son todoshombres de sociedad, no son como
los curas de misa y olla...
Le miré de arriba abajo con expresión rencorosa y le dije con acentoirritado:
—¡Usted siempre tan oportuno!
Y sin aguardar contestación, giré sobre los talones y me fui.
Lo que inmediatamente preví sucedió, en efecto. A la mañana siguientepude verlas
en misa y hablé algunas palabras con ellas. En todo el díadespués no logré echarles la
vista encima, ni en los pasillos de casa nien el manantial. Al día siguiente, mientras
estábamos bebiendo el agua,un coche las llevó a la estación para tomar el tren de
Sevilla.
V
A Sevilla.
RANDEfue la tristeza y desconsuelo que sentí al tener noticia de lamarcha
precipitada, o más bien fuga, de las monjas. Bien imaginé quedebió de ser causada
por la indiscreción y necedad de D. Nemesio, aquien dediqué desde entonces en mi
pecho tanto odio por lo menos comodebía de profesarle el juez catalán que con
nosotros había viajado.Nunca más quise jugar al billar con él; y eso que llegó a
ofrecerme elmísero cuatro rayas. ¡Cuatro rayas a mi, que, dando un trallazo, mesalen
palos por todos lados!
 
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