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La Hermana San Sulpicio

—Sin duda.
—Pues sí, señora, tal vez dé una vuelta por allí... En estos sitios debaños hay tan
pocos recursos para distraerse, que si uno no aprovechalas fiestas... Sin embargo, si
usted no quiere, no iré.
—¿A mí qué me importa que usted vaya o no vaya?—respondió con viveza;pero
volviendo sobre sí de repente, añadió:—Digo, no, perdóneme usted yque me perdone
Dios; he dicho una necedad. Los bailes son lugares deperdición y debemos desear que
no vaya a ellos nadie.
—Entonces no los habría... De modo que no quiere usted que vaya.
—Si usted me consulta, tengo el deber de aconsejarle que no vaya—merespondió
adoptando por primera vez un tono sumiso y monjil que no lecuadraba.
—Bien, puesto que usted no quiere, no iré; pero en cambio me va usted adecir
cómo se llamaba.
—¿Ya pide usted réditos? Las buenas acciones las premia Dios en elcielo.
—Y a veces en la tierra, por conducto de sus elegidos. Sea usted elconducto de
Dios en este momento, hermana.
Me miró con la misma expresión curiosa y burlona de otras veces, bajódespués la
vista y, trascurrido un momento de silencio, levantose de lasilla para subir al cuarto.
Con el mayor disimulo la retuve suavementepor el hábito, diciendo al mismo tiempo
en voz de falsete:
—¿Cómo se llamaba usted?
—¡Chis, suelte usted!
Y dando un tirón se alejó, no sin dirigir una rápida mirada de temor ala madre.
IV
Peteneras y seguidillas.
 
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