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La Hermana San Sulpicio

Y, en efecto, a los nueve días pude levantarme, y cuatro después salir ala calle y
terminar, como se dirá en el capítulo siguiente, la aventuraamorosa que constituye el
fondo de esta verídica narración.
XVI
EN QUÉ PARÓ LA HERMANA SAN SULPICIO
ENSANDOen los medios de unirme pronto a Gloria, antes del suceso
queacabo de narrar se me había ocurrido una transacción con el malditoenano. Como
yo tenía la certidumbre de que éste era el único causante denuestros males y
sospechaba que la razón de oponerse a nuestrocasamiento y el empeño de hacer
monja a Gloria estribaban en el interés,imaginé que podíamos llegar a un acuerdo.
Verdad que acaso pudieraalcanzar la meta de mis deseos sin necesidad de
componendas, porque laactitud, pasiva hasta entonces, de doña Tula lo hacía
verosímil. Pero¿quién me aseguraba que de la noche a la mañana no cambiasen
totalmentelas cosas? Aunque no pudieran encerrar a Gloria en el convento contra
suvoluntad, porque las autoridades estaban ya sobre aviso, al matrimoniopodía
oponerse la madre mientras no fuese mayor de edad. Ahora seencontraban, lo mismo
ella que don Oscar, amedrentados por la escenaescandalosa de la puerta del convento
y por la actitud firme del condedel Padul, que inspiraba general temor por su posición
y carácter. Mas,si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la
opiniónpública, volvería a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesenotra
cosa que aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, quecada día iba
siendo mayor. Además, en esta dilación había peligro.Gloria era muy celosa, y
cualquier insignificante pretexto podíalevantar una reyerta como la de marras y dar al
traste con mi felicidad.Sin contar con los acontecimientos imprevistos a que todos nos
hallamossujetos, y más los que esperan con afán cualquier bienandanza.
 
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