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La Hermana San Sulpicio

gloriosonuestro camino. Parecía que marchábamos, suspendidos en las tinieblas,sobre
un rayo de luna. Del firmamento caía una lluvia de estrellas queno llegaban al suelo
jamás, y las praderas elevaban hacia él su vozsuave y monótona, formada por los
suspiros de millones de insectos queen el fondo de sus pequeños agujeros también se
estremecían, como yo, deamor y de dicha.
¡Hermosa noche andaluza: mientras me quede un soplo de vida vivirásimpresa en
mi corazón!
XIII
DOY UNA BOFETADA QUE PUEDE COSTARME CARA
ORNARONa reanudarse nuestras sabrosas pláticas a la reja. Por algunosdías
fui dichoso. Sin embargo, los celos de Gloria no habíandesaparecido por completo. Lo
mismo era mentar la casa de Anguita que seponía de mal humor y me hablaba en tono
desabrido, por lo cual procurabair a ella lo menos posible.
En una de estas noches dio un baile el conde del Padul. Isabel hizoesfuerzos muy
grandes porque Gloria asistiese, pero todos se estrellaroncontra la negativa rotunda de
doña Tula. Ni aquella ni yo lo sentimosmucho. Nuestros coloquios valían más que
todos los bailes imaginables.Quedamos en que yo sólo iría un rato después de nuestra
conversaciónnocturna. Mas al verme llegar a la reja con el gabán puesto,
dejandoasomar la corbata blanca y la pechera de la camisa, observé que seesparcía
por su rostro una leve nube de tristeza. Me habló durante largorato distraída,
preocupada. Por último, como no era posible que guardaramucho tiempo cualquier
sentimiento que la agitase, dijo con unaresolución severa, como si esperase oposición
y se preparase a reñir:
 
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