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La Hermana San Sulpicio

—No, señor.
Quedeme reflexionando un instante.
—¿Y tiene el mismo calibre que los demás?
—Cuanto se quiera.
—¡No comprendo!...
El señor Paco me miraba con sus grandes ojos inocentes, donde brillabauna sonrisa
de triunfo.
—No puedo decirle ahora, D. Ceferino, de qué está hecho; pero notardará usted en
saberlo... Dentro de pocos días empezará a construirseel modelo en París... Ya verá
usted, ya verá adónde llega mi nombre...Por supuesto que si Bismarck supiese lo que
tiene encima, ya estaríaofreciéndome el dinero que quisiera... Pero yo no le vendo el
secretoasí me entierre en oro, ¿está usted?... Aunque sea de balde se lo doy yoal
francés primero que al pruso... Cada hombre tiene su simpatía,¡vamos!... Usted tiene
más aquel por una persona, y le da la sangre delbrazo, y a otro ni el agua...
—Tiene usted mucha razón—repuse.—El asunto es tan serio ytrascendental que los
intereses particulares de una persona, siquierasean los del mismo inventor, deben
posponerse a los de tantos millonesde seres...
El inventor quiso conmoverse.
—Sí, señor; primero me quedo con él en el cuerpo que se lo dé alpríncipe de
Bismarck... y eso que mire usted, D. Ceferino, yo no tengomotivo para estar
agradecido de los franceses. Aquí ha venido uno hacedos años, un monsieur Lefebre,
que me ha quedado a deber quince días depupilaje.
—Doblemente le honra a usted esa generosidad.
Se enterneció el señor Paco, y si hubiera insistido un poco, tengo laseguridad de
que llegaría a revelarme la primera materia de su famosocañón; pero tenía yo prisa en
aquel momento y no abusé de su blandura.
Las monjas, como me había dicho el patrón, ocupaban dos habitaciones nolejos de
la mía. En una de ellas dormía la madre y en la otra lashermanas San Sulpicio y María
de la Luz. No bajaban a comer en la mesaredonda, sino que lo hacían en su cuarto. Lo
mismo los suyos que el mío,tenían la salida a un corredor abierto que daba sobre el
patio.
La tarde del mismo día en que llegué, volví a verlas en la galería delas aguas, y las
saludé con mucha cortesía. Me contestaron igualmente, yobservé que la hermana San
Sulpicio me dirigió una franca sonrisa muyamable. Tuve tentaciones de acercarme a
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