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La Hermana San Sulpicio

Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubiertode sudor, se
alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira.
—¿Sabuté?—me dijo—.En estos días que viene desjarretao como un toro,me
aprovecho.
XII
PASEO POR EL GUADALQUIVIR
EMASIADAMENTEconfiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el
díasiguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fui a situar alpuente de Triana,
donde Paca me había dicho que la esperase para darmecuenta del resultado de la carta
y de sus gestiones. Era la hora de másanimación en aquel paraje. Los obreros y
obreras de Triana quetrabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que
trabajan enTriana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en
elpuente, que hierve de transeúntes.
Arrimeme perezosamente al petril, de espaldas al río, y contemplé conojos
distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de micontemplación eran las caras
saladísimas de las cigarreras ytrabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en
gruposresonantes de gritos y risas, otras solitarias preocupadas, caminando apaso
largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello,pasaron por delante de
mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas decuriosidad y sorpresa, como si
pensasen:
«¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Olé lasmujeres castisas!
¡Viva tu madre, mi niña!?»
 
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