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La Hermana San Sulpicio

—D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; ¿nos vamos?
Despedímonos de aquellos señores, que apenas nos miraron, y subimos auna de las
calesas que partían para el pueblo. Mientras caminábamoshacia él, el señor Paco me
dijo con acento triste y resignado:
—Aquellos señores se han quedado riendo de mi... Bueno; algún día searrepentirán
de esa risa y se llamarán borricos a sí mismos... ¡Si yopudiese hablar!... Pero no está
lejano el día en que vendrán los másaltos personajes a pedirme de rodillas que les
revele mi secreto...
—¡Diablo, diablo!—exclamé para mí.—¡He venido a parar a casa de unloco!
III
Me enamoro de la hermana San Sulpicio.
OSdías después, el señor Paco, yendo conmigo de paseo otra vez, mereveló
la mitad de su secreto. Los alemanes no podían vencer porquetenía pensado ofrecer a
la Francia un sistema de cañones que daba altraste con todos los inventos que hasta
ahora se habían realizado enmateria de artillería. Era un cañón el suyo extraordinario,
mejor dicho,maravilloso; un hombre lo podía subir a la montaña más alta.
—No será de hierro.
—No, señor.
—¿De madera?
—Tampoco.
—¿De papel?
 
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