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La Hermana San Sulpicio

otros dos ponían por Francia. Cuando hubieron discutido unrato, mi patrón intervino,
sonriendo con superioridad.
—No lo duden ustedes, la victoria esta vez será de Francia.
—Yo lo creo así también. Francia se ha repuesto mucho y se ha de batirmejor y con
más gana que la primera vez—dijo uno.
—Pues yo creo que están ustedes en un error—saltó el hombregordo.—Alemania es
un país exclusivamente militar; todas sus fuerzasvan a parar a la guerra; no se vive
más que para la guerra... Además,¿qué me dicen ustedes de Bismarck?... ¿Y de
Moltke? Mientras ese par demozos no revienten, no hay peligro que Alemania sea
vencida.
—Yo le digo a usted, caballero—contestó mi patrón con sonrisa másacentuada, en
tono excesivamente protector,—que todo eso está muy bien,pero que vencerá Francia.
—Mientras no me diga usted más que eso, como si no me dijera nada... Loque yo
quiero son razones—respondió el hombre gordo, un poquilloirritado ya.
—No es posible dar razones. Lo que le digo es que Alemania serávencida—
manifestó mi patrón con grave continente y una expresión severaen la mirada que yo
no le había visto.
—¿Qué me dice usted? ¿De veras?—replicó el otro riendo con ironía.
Entonces mi patrón, encendido por la burla, profirió furiosamente:
—Sí, señor; se lo digo a usted... Sí, señor, le digo a usted quevencerá Francia.
—Pero, hombre de Dios, ¿por qué?—preguntó el otro con la mismasonrisa.
—¡Porque quiero yo!... ¡Porque quiero yo que venza Francia!—gritó elseñor Paco
con la faz pálida ya y descompuesta, los ojos llameantes.
Nos quedamos inmóviles y confusos, mirándonos con estupor. Un
mismopensamiento cruzó por la mente de todos. Y reinó un silencio embarazosopor
algunos segundos, hasta que uno de los bañistas, volviéndose paraque no se le viera
reír, entabló otra conversación.
—Allá va el padre Talavera con unas monjas.
Me apresuré a mirar por entre las hojas de la enredadera, y en efecto viel grupo a lo
lejos. El bañista que nos lo había anunciado metía elrostro por el follaje para que no
se oyesen las carcajadas que no erapoderoso a reprimir.
Mi patrón, avergonzado, y otra vez con aquella expresión humilde einocente en los
ojos de perro de Terranova, me dijo tirándome de laropa:
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