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La Hermana San Sulpicio

—Vaya usted con Dios, amigo... Y que el asunto se arregle del todo—merespondió
Suárez.
Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir arrogante y altanero deldespacho,
resuelto a cualquier violencia si se me provocaba a ella,todavía sentí su mirada
luciente y acerada en el cogote.
X
TROPIEZO CON UN GRAVE ESCOLLO
UANDOse hubieron pasado los primeros momentos de sorpresa y de
cóleray, ya en la calle, pude reflexionar, caí en un profundo abatimiento.Creí que todo
había venido al suelo, todo lo que constituía mifelicidad. La intención del malagueño
no podía ocultárseme. Lo queseguiría después de doña Tula y el bendito señor se
enterasen de miintriga podía sospecharlo. Maldije la hora en que había conocido a
aquelantipático sujeto, y le deseé de todas veras la muerte. Hecho lo cual,me dije con
heroica decisión que yo no renunciaría por él ni por todoslos malagueños diseminados
por el globo al amor de Gloria y que nosveríamos las caras.
Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro, había quereconocerlo. Era
menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas. Seurdirían. ¡Vaya si se urdirían!
Pero ¿cómo empezar, si cortaban todaclase de relaciones entre Gloria y yo y se la
llevaban a otro sitio, aun convento quizá? Pues la seguiría adondequiera que fuese y
armaría untejido tal de invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerlesceder.
Ceder, ¡ay! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por elmedio, ya lo creo que
cederían. «Pues yo no renuncio tampoco a ellos,aunque me hagan tajadas—dije con
energía, entre dientes—. Podríarenunciar si no se tratase más que de mí, y aun, si se
 
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