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La Hermana San Sulpicio

—Dios está en todas partes. Pero, en fin, si quieres darme elcrucifijo, lo guardaré
con cariño como un recuerdo.
—Espérate un momentito. Tengo aquí el hábito.
Se retiró un instante y volvió trayendo el crucifijo de bronce, que mepasó al través
de las rejas. Al tomarlo me apoderé de aquella manomorena y firme y la besé cuantas
veces pude con voraz glotonería.
—¡Basta, chiquillo! ¿Crees que se va a concluir de aquí a mañana?
Me retiré de la reja con pena, ebrio de amor y de alegría. Tan mareadoiba, que a los
pocos pasos encontré al sereno y le di dos pesetas.Después me pesó, porque no había
necesidad, según lo que Gloria me habíadicho. Tampoco reparé esta vez si las
estrellas centelleaban allá arribacon suave fulgor, ni si la luz de la luna se filtraba por
el laberintode calles oscuras, manchándolas aquí y allá con jirones de plata.Llevaba
yo dentro del alma un sol radiante que me ofuscaba y me impedíaobservar tales
menudencias.
IX
Hago amistad con un bendito señor.
ECIBÍal día siguiente una carta de D. Sabino el capellán, invitándomea que
pasara por su casa. Era para decirme, con mucho misterio, queGloria había salido del
convento. Le di las gracias por la noticia, y,haciéndome cargo de que esperaba algo
más que esto, le pregunté si teníaintención de permanecer en el cargo que ocupaba, o
si aspiraba a otro.Me confesó su ardiente deseo de un beneficio en la catedral. Le
prometíescribir a mi tío, y en efecto, así lo hice. Por cierto que me
contestóseveramente, preguntándome si no creía que eran bastantes las
 
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