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La Hermana San Sulpicio

—¡Parece mentira que me niegues este favor! Si te lo pidiese todos losdías, se
comprende... ¡Pero una noche tan sólo! Bien podías hacer elsacrificio de dejar a tus
amigos...—profirió la joven con voz alterada,pugnando por no llorar.
El conde volvió los ojos hacia ella, y le dirigió una mirada larga ydura sin decir
palabra. Isabel bajó los suyos con temor, y por debajo delas negras pestañas asomó
temblando una lágrima.
Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto. Pareciomeque el
conde era un padre muy tierno sólo mientras no se tocase a susgustos y placeres.
VIII
Con perdón de ustedes, pelo la pava.
OMENZABAel calor a dejarse sentir. Estábamos a mediados de Junio. Elsol,
desde las cinco de la mañana, envolvía a la ínclita ciudad en unacaricia viva y
prolongada hasta las siete de la tarde, enmedio de uncielo puro y flamígero. La
angostura y tortuosidad de las calles no nospreservaba enteramente de sus ardores.
Por aquellas estrechas ranurasentraba su luz como una llamarada, como un latigazo de
fuego queencendía el rostro y caldeaba la cabeza. Había llegado a cogerle miedo aeste
gran sol feroz de Andalucía, y salía poco de casa.
—Diga usted, Matildita, ¿hace más calor que éste en Sevilla?
—¡Anda! ¡Pues, hijo mío, si ahora está haciendo fresquito! ¿No ve ustedqué noches
más hermosas?
 
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