del pueblo en que me hallaba, decidí emprenderla apie. Mientras tanto D. Nemesio
permanecía en su celda, entregado, quizá,a severas penitencias, por el pecado de
haber ocasionado tan crueldisgusto a nuestro compañero de viaje. Porque fue él quien
tuvo la culpade dejar al jefe de Jabalquinto el sombrero y las botas del juezcatalán.
Les juro a ustedes que yo solo nunca me hubiera atrevido.
Marmolejo está situado cerca de la Sierra Morena, de donde salen lasaguas que le
han dado a conocer al mundo civilizado. Tiene el aspectomorisco como algunos
pueblos de la provincia de Málaga y los de laAlpujarra. La blancura deslumbradora de
sus casitas, que cada pocosdías enjalbegan las mujeres, la estrechez de sus calles, la
limpiezaextraordinaria de sus patios y zaguanes, acusan la presencia, por muchosaños,
de una raza fina, culta, civilizada, que ha dejado por los lugaresdonde hizo su asiento
hábitos graciosos y espirituales.
El pueblo es pequeñísimo: al instante se sale de él. Caminamos hacia lasierra, que
dista dos o tres kilómetros. La Sierra Morena no ofrece nila elevación, ni la esbeltez,
ni el brillo pintoresco y gracioso de lasmontañas de mi país. Es una región agreste y
adusta que extiende pormuchas leguas sus lomos de un verde sombrío, donde rara vez
llega laplanta del hombre en persecución de algún venado o jabalí. Sin embargo,el
contraste de aquella cortina oscura con la blancura de paloma delpueblo la hacía grata
a los ojos y poética. En suave declive, por unacarretera trazada al intento, bajamos al
manantial que sale en el centromismo del río Guadalquivir, el cual viene ciñendo la
falda de la sierra.Hay una galería o puente que conduce de la orilla al manantial. Por
ellase paseaban gravemente dos o tres docenas de personas, revelando en lamirada
vaga y perdida más atención a lo que en el interior de suestómago acaecía que al
discurso o al paso de sus compañeros de paseo.De vez en cuando se dirigían al
manantial con pie rápido, bajaban lasescalerillas, pedían un vaso de agua y se lo
bebían ansiosamente,cerrando los ojos con cierto deleite sensual que despertaba en su
cuerpola esperanza de la salud.
—¿Se ha bebido mucho ya, madre?—dijo mi patrón asomándose a la barandadel
hoyo.
Una monja pequeña, gorda, de vientre hidrópico y nariz exigua ycolorada, que en
aquel momento llevaba un vaso a los labios, levantó lacabeza.
—Buenos días, señor Paco... Hasta ahora no han caído más que cuatro.¿Quiere
usted un poquito para abrir el apetito?
A mi patrón le hizo mucha gracia aquello.
—Para abrir el apetito, ¿eh? Deme usted algo para cerrarlo, que mevendría mejor.
¿Y las hermanas?
