enemigo se condujocomo cumplido caballero. Y no olvidemos al bravo justador Le
Capillet,que hubiera llegado á ser un gran capitán de las huestes francesas....
—¿Murió? preguntó Roger.
—Tuve la desgracia de matarlo en un delicioso bosquecillo inmediato álos muros
de Tarbes. Aventuras parecidas las hallábamos en todas partes,en el Languedoc,
Ventadour, Bergerac, Narbona, aun sin buscarlas, porqueá menudo nos esperaba un
escudero francés, á la vuelta del camino,portador de cortés mensaje de su señor para el
primer caballero inglésque quisiera aceptar el reto. Uno de ellos rompió tres lanzas
conmigo enVentadour, en honor de su dama.
—¿Pereció en la demanda, señor barón? dijo Froilán.
—Nunca lo he sabido. Sus servidores se lo llevaron en brazos, aturdido,desmayado
ó muerto. Por entonces no cuidé de indagar su suerte porque yomismo salí de la lucha
contuso y malparado. Pero allí viene un jineteal galope, como si lo persiguiera una
legión de enemigos.
El viento barría el camino, que en aquel punto formaba suave pendiente.Al otro
lado de una hondonada volvía á subir y se perdía en unbosquecillo, entre cuyos
primeros árboles desaparecía en aquel momentola retaguardia de la columna. El jinete
pasó junto á ésta sin detenersey empezó á subir la cuesta en cuya cima estaban el
barón y susservidores, hostigando incesantemente á su caballo con espuela y
látigo.Roger vió que el corcel venía cubierto de polvo y sudor y que lo montabauno al
parecer soldado, de duras facciones y con casco, coleto de ante yespada. Sobre el
arzón llevaba un paquete envuelto en blanco lienzo.
—¡Paso al mensajero del rey! gritó al acercarse.
—Poco á poco, seor gritón, dijo el noble atravesando su caballo en elcamino.
También yo he sido servidor del rey por más de treinta años,pero jamás lo he ido
pregonando á voces.
—Estoy de servicio y llevo conmigo lo que al rey pertenece. Me impedísel paso á
vuestra costa....
—Entre mis muchas aventuras tampoco me ha faltado la de toparme demanos á
boca con bergantes que encubrían sus traidores designiospretendiendo ser mensajeros
de Su Alteza, insistió el señor de Morel.Veamos qué credenciales os abonan.
—¡Á la fuerza, entonces! gritó el jinete echando mano á la espada.
—Si sois caballero, dijo el barón, continuaremos nuestra entrevistaaquí mismo. Si
plebeyo, cualquiera de estos tres escuderos míos, aunquede noble cuna, se dará por
bien servido con castigar vuestra audacia.
El desconocido los miró airado y soltando el puño de la espada comenzó
ádesenvolver apresuradamente el paquete que sobre el arzón llevaba.
—Yo no soy caballero ni escudero, dijo, sino antiguo soldado y ahoraservidor de la
justicia de nuestro príncipe. ¿Queréis credenciales? Puesaquí las tenéis; y presentó á