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Gatsby
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Aquellas palabras colmaron la exasperación del abad, sobre todopronunciadas como
fueron con la sonrisa burlona que apenas habíadesaparecido un momento de los labios
de Tristán desde el comienzo de superorata.
—¡Basta ya! exclamó Fray Diego. Lejos de defenderse el culpado confiesay agrava
su falta con sus livianas palabras. Sólo me resta imponerle elcondigno castigo.
Al decir esto dejó el abad su asiento y todos los monjes le imitaron,dirigiendo
temerosas miradas al irritado semblante de su superior.
—Tristán de Horla, continuó éste, en los dos meses de vuestro noviciadohabéis
dado pruebas evidentes de perversidad y de que por ningúnconcepto merecéis vestir el
blanco hábito símbolo de un espíritu sinmancha. Seréis, pues, despojado de ese hábito
y despedido de estaabadía, de sus tierras y pertenencias, sin renta ni beneficio de
ningunaclase y sin las gracias espirituales que gozan cuantos viven bajo latutela y
especial protección de San Benito. Vuestro nombre será borradode los registros de la
orden y os queda prohibido volver á pisar losumbrales de la abadía y entrar en
ninguna de las granjas y posesiones deBelmonte.
Aquella primera parte de la sentencia pareció terrible á los monjes,especialmente á
los más ancianos, acostumbrados como estaban á la vidasosegada de la abadía, fuera
de la cual se hubieran visto tandesamparados y desvalidos como niños abandonados á
sus propias fuerzas.Pero evidentemente la vida mundanal no tenía terrores para el
novicio,antes le atraía y agradaba, á juzgar por la expresión regocijada con queoyó el
anuncio de su expulsión. Su contento acrecentó la iracundia deFray Diego, quien
continuó diciendo:
—Esto por lo que al castigo espiritual se refiere. Pero á los malosservidores de
Dios, de corazón empedernido, poco les duelen tales penas.Yo sé cómo castigaros de
manera que lo sintáis, ahora que vuestrasfechorías os han privado de la protección de
la iglesia. ¡Á ver! ¡Treshermanos legos, Francisco, Atanasio y José, apoderaos del
truhán, atadlelos brazos y decid al hermano portero que le aplique unas
cuantasdocenas de azotes con un buen rebenque!
Al acercársele los robustos legos para obedecer las órdenes del abad,desapareció
toda la placidez del novicio, que asió con ambas manos elpesado reclinatorio de roble
y levantándolo en alto como una maza, gritócon voz potente:
—¡Teneos! ¡Juro por San Jorge que al primero de vosotros que osetocarme le
rompo la cabeza en mil pedazos!
La advertencia no podía ser más clara ni más enérgica, y unida á laamenazadora
actitud del novicio, cuyas fuerzas eran bien conocidas detodos, bastó para que los
legos retrocedieran más que de prisa y paraespantar á los religiosos, que se
precipitaron en tropel hacia lapuerta. Sólo el abad pareció pronto á lanzarse sobre el
rebelde novicio,pero dos monjes que junto á él se hallaban lo asieron por los brazos
ylograron ponerlo fuera de peligro.

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