estudiantesde los muchos que por aquella época se veían no sólo en las
grandesciudades sino en los caminos y ventorrillos de casi toda Inglaterra.Disputaban
más que comían y saludaron alegremente al recienllegado.
—¡Venid aquí, camarada! dijo uno de ellos, bajo y rechoncho. Vultusingenui puer.
No os asuste la cara de mi compañero, que como dijoHoracio, fœnum habet in cornu;
pero es más inofensivo de lo queparece.
—No rebuznes tan fuerte, Colás, repuso el otro, que era enteco y alto.Si á citar
vamos á Horacio, recuerda aquello de loquaces si sapiat...ó como diríamos en buen
inglés, huye de los charlatanes como de lapeste. Y á fe mía, que de seguir todos el
consejo habías de verte túsolo en el mundo.
—¡Buena lógica, buena! Como de costumbre, te enredas en tus propiosargumentos
y te caes de bruces, dijo Colás con gran risa. Primerapremisa: los hombres deben huir
de mi locuacidad. Segunda: tú estás aquícomiendo arenques mano á mano conmigo.
Ergo, tú no eres hombre. Quees lo que se quería demostrar, Florián amigo, y lo que yo
me tenía muysabido; que eres un monigote y no un nombre.
Roger y Florián se rieron de buena gana y el primero se sentó junto álos polemistas.
—Ahí va un arenque, compañero, dijo Florián; pero antes de participarde nuestra
espléndida hospitalidad, tenemos que imponeros ciertascondiciones.
—La que á mí más me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con elarenque
venga también una rebanada de pan.
—¿Lo ves, gandul? preguntó Colás al otro estudiante. ¿No te he dichocien veces
que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aurasutil y que nadie se me
acerca sin dar á poco muestras evidentes de laagudeza que en mí rebosa? Tú mismo
eras el mostrenco más zafio que heconocido en toda mi vida, pero en la semana que
llevas conmigo has hechoya dos ó tres juegos de palabras muy pasables y esta mañana
uncomentario asaz agudo, que yo no tendría inconveniente en aceptar pormío.
—Como lo harás á la primera oportunidad, socarrón, para pavonearte conplumas
ajenas. Pero decidme, amigo, ¿sois estudiante? Y siéndolo ¿venísde las aulas de
Oxford ó de las de París?
—Algo he estudiado, contestó Roger, pero no en esas grandesuniversidades, sino
con los monjes del Císter, en su convento deBelmonte.
—¡Bah! poco y malo probablemente. ¿Qué diablos de enseñanza pueden darallí?
—Non cui vis contingit adire Corinthum, observó Roger.
—¡Toma y vuelve por otra, hermano Florián! Pero dejémonos dediscusiones y á
comer se ha dicho, que se enfrían los arenques y elpan amenaza convertirse en
guijarro y la leche en requesón.
Lo cual no impidió que mientras Roger comía renovasen los otros susargucias y que
á poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen lascitas latinas y griegas,
escolásticas y evangélicas, silogismos,premisas, inferencias y deducciones.