Era el que hablaba un rudo campesino de alta estatura, que al acercarselevantó
ambas manos, á cada una de las cuales le faltaban el pulgar ylos dos primeros dedos.
—¡Por San Jorge! ¿Quién os ha maltratado de esa manera, camarada?preguntó
Simón.
—Bien se echa de ver, repuso el otro, que sois nacido lejos de latierra maldita de
Escocia y que aunque soldado, no os han conducidonuestras banderas á las guaridas
de aquellos lobos. De lo contrarioreconoceríais desde luego en estas mutilaciones la
barbarie de Douglasel Diablo, ó el Conde Negro, como también le llaman.
—¿Os hizo prisionero?
—Sí, por mi mal. Nací en el norte, en Beverley, cerca de la fronteraescocesa, y bien
puedo decir que por muchos años no hubo mejor arquerodesde Trent hasta Inverness.
Mi fama me perdió, lo mismo que á otrosmuchos buenos tiradores ingleses, pues
cuando nuestras luchas noshicieron caer en manos de Douglas, aquella hiena, en lugar
de matarnos,nos hizo cortar tres dedos de cada mano para que no
pudiésemosdespacharle más soldados ó atravesarle á él mismo los hígados de
unflechazo. ¡Quiera Dios que estos dos hijos míos paguen un día con crecesla deuda
de su padre! Entre tanto, el rey me ha dado esa casita yalgunas tierras acá en el sur, y
de su producto vivimos. ¡Á ver,muchachos! ¿Cuál es el precio de los dos pulgares de
vuestro padre?
—Veinte vidas escocesas, contestó el mayor.
—¿Y por los otros cuatro dedos que me faltan?
—Diez vidas más, dijo su hermanito.
—Total treinta. Cuando puedan doblar mi gran arco de guerra, losenviaré á la
frontera, para que se alisten á las órdenes del invencibleCopeland, gobernador de
Carlisle. Y os aseguro que como lleguen á versefrente á frente de mi verdugo y á
menos de cuatrocientos pasos, nocortará más dedos ingleses el viejo zorro de
Douglas.
—Así viváis para verlo, camarada, dijo Simón. Y vosotros, mesenfants, tened
presente el consejo de un arquero veterano y que sabe suoficio: al tender el arco, la
mano derecha pegada al cuerpo, para tirarde la cuerda no sólo con la fuerza del brazo,
sino con ayuda del costadoy muslo derechos. Y por vuestra vida, aprended también á
dispararformando curva, pues aunque de ordinario la flecha va derecha al blanco,os
hallaréis muchas veces atacando á gentes parapetadas tras las almenasó en lo alto de
una torre, ó á enemigos que ocultan pecho y cara con elescudo y á quienes sólo matan
las flechas que les caen del cielo. No hetendido un arco hace dos semanas, pero eso no
quita que os pueda dar unalección práctica, para que sepáis cómo taladrarle los sesos á
unescocés, aunque sólo le veáis las plumas de la gorra.
Diciendo esto, asió Simón el poderoso arco que á la espalda llevaba,tomó tres
flechas y señaló á los niños, que ávidamente seguían todos susmovimientos, un
altísimo árbol y más allá, en un claro del bosque, untronco carcomido de un pie de