en un solo día venciese á sietepoderosos rivales. Pues ¿qué me decís del justo que
ataque, venza ysubyugue á esos otros siete y más poderosos enemigos del alma,
lospecados capitales, con algunos de los cuales ha de durar su lucha añosenteros?
Esos campeones que yo admiro son los modestos servidores deDios que mortifican la
carne para dominar el espíritu. Los admiro y losrespeto.
—Sea en buen hora, mon petit, y nadie te lo ha de impedir mientras yoande cerca.
Para predicador no tienes precio. Como que me recuerdas aldifunto padre Bernardo,
que fué un tiempo capellán de la Guardia Blancay que era un ángel con verrugas y
cabellos canos. Por cierto que en labatalla de Brignais lo atravesó con su pica un
soldado tudesco alservicio del rey de Francia, sacrilegio por el cual obtuvimos que
elPapa de Avignón excomulgara al matador. Pero como nadie le conocía ysólo
sabíamos de él que era bajo y rechoncho y manejaba la pica como unariete, es de
temer que la excomunión no le haya alcanzado, ó lo que espeor, que haya recaído
sobre algún otro maldito tudesco de los muchosque dejan su tierra para dejar después
el pellejo en Francia.
Rióse Roger de los fantásticos conocimientos canónicos del veterano, áquien
preguntó si la valiente Guardia Blanca había llegado en efectohasta Avignón y
doblado la rodilla ante el sucesor de San Pedro.
—No lo dudes, chiquillo, contestó Simón. Dos veces he visto yo al PapaUrbano con
mis propios ojos. Es, ó era, porque en el campamento se hablóhace poco de su muerte,
un viejecillo chiquitín, con ojos muy grandes,nariz encorvada y un mechón de pelo
blanco en la barba. La primera vezle sacamos diez mil ducados, pero gritó y se
enfureció de mala manera.La segunda entrevista fué para pedirle veinte mil ducados
más, y teaseguro que armó un cisco feroz. Tres días de reyertas y cabildeos noscostó
antes de que nuestro capitán nos llamara para recibir y conducirlas talegas que
contenían las doblas de oro. Yo he creído siempre quehubiéramos salido mejor
librados saqueando el palacio del Papa, pero losjefes ingleses se opusieron á ello.
Recuerdo que un cardenal vino ápreguntarnos si preferíamos recibir quince mil
ducados con unaindulgencia plenaria para cada arquero, ó veinte mil ducados con
lamaldición de Urbano V. En todo el campo no hubo más que una opinión:veinte mil
ducados. Sin embargo nuestro capitán acabó por ceder yrecibimos la bendición
apostólica contra toda nuestra voluntad y un sinfin de indulgencias. Quizás valiera
más así, porque bien lasnecesitábamos los arqueros blancos por aquel entonces.
El piadoso Roger escuchaba horrorizado aquellos detalles. Las creenciasde toda su
vida, su profundo respeto por la dignidad pontificia, laveneración que profesaba al
jefe visible de la Iglesia, todo leimpulsaba á protestar contra la escandalosa
irreverencia del soldado.Parecíale que con solo escuchar el impío relato había pecado
él mismo;que el sol debía ocultar sus brillantes rayos tras negras nubes y trocarel
campo sus alegres galas por la desolación y la tristeza del desierto.Sólo recobró un
tanto la perdida calma cuando se hubo postrado dehinojos ante una de las toscas