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Gatsby
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del caballo, lo estrechófuertemente entre sus brazos y cerró los ojos, casi insensible ya
ácuanto le rodeaba.
Nunca supo Roger lo que duró aquella carrera desenfrenada. Cuando volvióen sí se
halló rodeado de soldados ingleses que le prestaban solícitoscuidados. Era un
destacamento de doscientos arqueros y hombres de armasmandados por el temible
Hugo de Calverley, quien á las primeras palabrasde Roger despachó mensajeros con
dirección al cercano campamento delpríncipe y poniéndose al frente de sus soldados
se lanzó al galope enauxilio del barón de Morel. Con él fué también Roger, atado
sobre elcaballo que le conducía, casi exánime por la pérdida de sangre, losgolpes
recibidos y las peripecias de aquella tremenda jornada.
Llegados los ingleses á una altura que dominaba en parte el valledivisaron en la
cima de la roca convertida en fortaleza la banderacastellana. El enemigo se había
apoderado por fin de aquel baluarte contanto heroísmo defendido. Pero la lucha no
había cesado por completo; enun extremo de la elevada planicie oponía todavía débil
resistencia unpuñado de ingleses. Aquel espectáculo arrancó un grito de furor á
SirHugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de suscaballos se
lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos.
El furioso ataque sorprendió á éstos sobre manera, é ignorantes delnúmero de sus
enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejércitoinglés que se hallaba por
aquellos contornos, dieron la señal deretirada, apresurándose á dejar el valle en busca
de posición másfavorable para la defensa.
Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Suprincipal
anhelo era llegar á la altura donde esperaban rescatar áalgunos de sus amigos. Triste
cuadro se ofreció á su vista; montones demuertos y heridos castellanos y leoneses,
franceses é ingleses; y masallá, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable
Tristán deHorla en el centro, heridos todos pero no vencidos todavía, blandiendolas
ensangrentadas espadas y saludando á sus salvadores con un grito debienvenida.
—¡Tremenda lucha y defensa heróica la vuestra! exclamó Sir Hugo,contemplando
con asombro aquella escena asoladora. Pero ¿qué es eso?¿También habéis hecho
prisioneros? continuó diciendo al ver á Don Diegode Álvarez desarmado entre los
arqueros.
—Sólo uno, y me pertenece, respondió Tristán. Lo he custodiado ydefendido
cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de miviejecita madre si vuelvo á
verme algún día en Horla....
—Tristán, ¿dónde está el barón de Morel? interrumpió Rogeransiosamente.
—Creo que ha perecido, como casi todos. Yo ví al enemigo poner sucuerpo sobre
un caballo. Estaba desvanecido ó muerto y se lollevaron....
—¡Dios del cielo! ¿Y Simón?
—También le ví arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestroseñor, y no
sé si lo mataron ó lo hicieron prisionero.

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