torres de Pamplona, y allí se detuvo la Guardia Blanca, encumplimiento de las
órdenes del príncipe. Los altos montes estabancubiertos de nieve y los arqueros se
acomodaron lo mejor que pudieronen una aldea vecina. Roger dedicó el resto de aquel
día y parte delsiguiente, á ver desfilar el brillante ejército reunido para
aquellaexpedición bajo las banderas del rey de Inglaterra. No tardó enreunírsele
Simón, que tomó asiento á su lado sobre una elevada roca.
—Hombres, caballos, armas y arreos, todo esto es magnífico, Roger, ydigno de la
atención que le dedicas, dijo el veterano. Nuestro valientecapitán está furioso porque
hemos cruzado los montes sin andar áflechazos ni lanzadas, pero ó mucho me engaño
ó esta campaña de Castillale proporcionará tantas ocasiones de combatir como pueda
pedirle elcuerpo, antes de que volvamos á emprender la marcha hacia el norte.Dicen
en el ejército que Enrique de Trastamara puede lanzar contranosotros cuarenta mil
soldados, sin contar las lanzas francesas deDuguesclín y que todos ellos han jurado
morir antes que ver á Don Pedrootra vez en el trono de Castilla.
—Pero nuestro ejército es también numeroso y aguerrido.
—Veinte y siete mil hombres por junto y en tierra extraña. Peroatención, mon petit,
que aquí llega Chandos en persona con su compañíay tras ella pendones y escudos
entre los que reconocerás á lo mejor denuestra nobleza.
Mientras hablaba Simón había desfilado ante ellos fuerte columna dearqueros,
seguidos de un portaestandarte que llevaba en alto el pendónde Chandos. Cabalgaba
éste á corta distancia, revestido de armaduracompleta á excepción del casco con
luengas plumas blancas, que sosteníasobre el arzón uno de los escuderos de su escolta.
Cubría sus blancoscabellos un birrete de terciopelo color de púrpura y un paje le
llevabala poderosa lanza. Sonrióse complacido al ver el estandarte de las cincorosas
que ondeaba sobre la aldehuela y con una señal de despedida tomótras sus arqueros el
camino de Pamplona.
Á corta distancia de él iban mil doscientos caballeros ingleses, cuyosalmetes, petos
y armas relucían al sol, formando deslumbrador escuadrón,escoltado por Lord Audley
en persona con sus seiscientos arqueros y loscuatro renombrados escuderos que
tamaña gloria conquistaran en Poitiers.Doscientos jinetes pesadamente armados
precedían al duque de Lancaster ysu brillante séquito, en el que descollaban cuatro
heraldos cuyosluengos tabardos llevaban bordadas sobre el pecho las armas reales.
Áuno y otro lado del joven príncipe cabalgaban los dos senescales deAquitania,
Guiscardo de Angle y Esteban Cosinton, portando el primero labandera del ducado y
el segundo la de San Jorge. Más allá, en cuanto delcamino abarcaba la vista, se
extendía sin cesar columna tras columna,como un río de acero, dominado por airosas
cimeras, gonfalones yblasonados escudos.
Gran parte de aquel día permaneció absorto el buen Roger en lacontemplación de
los lúcidos escuadrones y compañías que ante éldesfilaron, á la vez que escuchaba
atento los nombres que citaba y losinteresantes comentarios que hacía el veterano