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Llevóle Roger á la ventana y díjole lo que acababa de ver.
—Mira, mocito, fué la contestación del veterano; en este endemoniadopaís yo ya no
me admiro de nada. Á bien que hay en él más tunantes queconejos en los sotos de
Hanson, gentes desalmadas todas, que se paseande noche porque si lo hicieran de día
no tardaría en echarles mano elverdugo. ¡Mala centella los parta y á dormir se ha
dicho! Pero antes noestará de más correr este cerrojo, que estamos en casa
extraña.Acuéstate y duerme.
Con esto se tendió el arquero en su jergón y á los dos minutos
dormíaprofundamente. Imitóle Roger, pensó que serían ya cerca de las tres dela
mañana y dormitando se hallaba cuando le pareció que alguien empujabay hacía crujir
la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Púsoseá escuchar sobresaltado y oyó
pasos cautelosos que se alejaban de supuerta y continuaban escalera arriba. Poco
después resonó algo como ungrito ahogado, como un lamento de agonía y cuando
Roger se disponía ásaltar del lecho, dirigió la vista á la ventana y quedó casi
paralizadode terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de
laventana y de la parte exterior del muro. Pendía de una cuerda anudadaal cuello y fija
evidentemente por el otro extremo en la ventana delpiso superior. Una atracción
irresistible obligó á Roger á saltar dellecho y acercarse, á tiempo que la luz de la luna
daba de lleno en elrostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente
sorprendido yasesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanzó Roger
sedespertaron sobresaltados los dos arqueros.
—El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristán con reposada voz. Estaluz de luna es
cosa de espectros. Aquí está el candil y ahora nosveremos las caras.
—Es el pobre Pleyel, no hay duda, gruñó Simón. ¡Pero que me aspen si nole ajusto
yo las cuentas á este senescal de los demonios por la maneraque tiene de tratar á sus
huéspedes!
—No, no, Simón, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosquede que te
hablé antes. Y el barón, sabe Dios qué suerte le habrá cabido.Vuelo á su lado....
—Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y sé cómo se hacen estascosas.
Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. Tú abres lapuerta lentamente y yo
presento el cebo á esos canallas, si por venturaestán ahí esperando degollarnos.
Así lo hicieron, y no bien se abrió la puerta y asomó por ella elalmete, recibió éste
un tremendo tajo y estallaron los gritos de losasesinos. Pero antes de que pudieran
repetir el golpe brilló la espadade Simón, y uno de sus enemigos cayó atravesado de
parte á parte.
—¡Adelante! ¡Seguidme, y á ellos! gritó Simón, y abriendo de par en parla puerta
se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellandoviolentamente á dos
hombres que hallaron á su paso y bajando lasescaleras á toda prisa.
Los gritos partían del piso inferior, cuyo vestíbulo iluminabanvivamente algunas
antorchas clavadas en los trofeos que adornaban susparedes. Frente á una de las tres

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