—¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury
yMonteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exactadescripción
del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y detemor.
—Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín.
—¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia éInglaterra?
preguntó uno de los escuderos franceses.
—Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama.
—¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntóel
señor de Morel.
—No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ellalas
reconquistará y conservará.
—¿Pero no Burdeos?
—Burdeos es también Francia.
—¿Y Calais?
—También Calais.
—¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué lequedará
entonces á Inglaterra?
—Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenirde nuestra
amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín.
—Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de lasotras
naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerrapero más grande aún
en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca quela voluntad de sus hijos, una desde
Calais hasta los azules mares delsur.
—¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés.
—Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisaparecía
contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, unespectáculo para ella
inesperado.
—¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos,esos
estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, yotros, allende los
mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenanlos martillos de sus fábricas y
las campanas de sus iglesias. Susnombres, muchos, son ingleses y también la lengua
que hablan. Otrastierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son
tambiéntierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, asíbajo el sol
de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra deInglaterra se extiende al
otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán!¡Nos vencen, porque el menor de sus
capullos es más hermoso que la mejory más perfumada de nuestras flores!
La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida enbrazos de su
esposo, que dijo conmovido: