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Gatsby
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—Tanto mejor para vos. Y ahora, aquí tenéis el hatillo para el bueno deRampas y
decidle que no se dé prisa por devolver esas ropas. Cuandobuenamente pase por aquí
cerca puede dejarlas en la cabaña. ¡VirgenSanta, cómo estáis cubierto de polvo! Bien
se ve que en los conventos nohay mujer que os cuide. Os limpiaré un poco. ¡Vaya! Y
ahora, dadme unbeso é id en paz.
Inclinóse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga enInglaterra por
aquella época, y así lo hizo notar Erasmo mucho después,diciendo que el beso como
saludo era más usado en aquel reino que enningún otro país. Pero la experiencia era
nueva para Roger, y elcontacto de la villana le produjo una impresión para él
desconocidahasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y recordó
laspalabras del abad, acabando por preguntarse qué hubiera dicho y sentidoéste en
caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vió Rogerun cuadro que le
hizo olvidar todo lo restante.
El malhadado maese Rampas se hallaba á corta distancia del lugar dondeél lo
dejara, gimiendo, pateando y desesperándose más que nunca y lo queera peor, sin el
hábito, ni más vestimenta que una cortísima almilla ylos zapatos. Á lo lejos
desaparecía entre los árboles á todo correr unhombrachón que llevaba un lío en una
mano y apoyaba la otra sobre elcostado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.
—¡Vedlo! aulló el batanero. ¡Allí va! Vos me sois testigo, para dar conél en la
cárcel de Chester. ¡Que se me lleva mi hábito!
—¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién es aquel hombre?
—¿Quién ha de ser, pesia mí, sino vuestro Tristán el ladrón, Tristán elbandido, que
no contento con haberme dejado casi en cueros vivos, volviópara llevárseme el sayal,
como si un cristiano pudiera andar por elcamino público con este camisín. ¡Me ha
robado mi hábito, mi hábito!
—Perdonad, buen hombre, el hábito era suyo....
—Corriente, pues que se lo lleve todo. No tardará en volver paradespojarme de los
zapatos y de este camisolín, que para lo que tapa....¡Nuestra Señora de Rocamador me
valga!
—¿Y cómo fué ello? preguntó Roger, lleno de asombro.
—¿Son ésas las ropas que me traéis? Dadme acá, por favor, que éstas niel Papa me
las quita, aunque le ayude todo el Sacro Colegio. ¿Que cómofué? Pues apenas me
dejasteis volvió corriendo don ladrón y como yoempezase á apostrofarle me preguntó
muy dulcemente si creía posible queun buen religioso abandonase su sayal nuevecito
y abrigado para vestirel jubón y las calzas de un artesano. Empecé á quitarme el
hábito muyregocijado, mientras él explicaba que se había ausentado para que yodijera
mis oraciones con mayor recogimiento. También hizo como que sedesabrochaba mi
jubón para devolvérmelo, pero no bien le entregué susayal apretó á correr otra vez,
dejándome con lo puesto, que no es muchoque digamos. ¡Habrá tuno! ¡Y cómo se reía
el bigardón!

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