aquella comarca y más de una vez se vió cercada ydetenida la pequeña cabalgata por
numerosos grupos de vecinos armados, áquienes tuvieron que dar cuenta del objeto de
su viaje, so pena dehacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance.
—Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gransosiego á esta
región, dijo el señor de Morel. En ella parecen habersecongregado cuanto malsín y
aventurero quedaron por Francia y Aquitaniadespués de la guerra, gente sin fe ni ley
que vive del despojo y laviolencia. Aquellas altas torres que allí véis pertenecen á la
villa deCahors, y más allá queda la tierra de Francia.
En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura quemerezcan
relato aparte, y al dejar aquella población se apartarontambién de las orillas del río,
tomando una senda estrecha y tortuosaque atravesaba extensa y desolada llanura.
Limitábala por el surfrondoso bosque, al salir del cual anunció el barón á sus
escuderos quehabían dejado atrás los dominios de Inglaterra y pisaban el
territoriofrancés. Por todas partes se veían montones de ruinas, árboles y
camposquemados, viñedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aquí yallá un
castillo ó un monasterio convertidos en escombros; señales pordoquier del
asolamiento y la rapiña. Aquel espectáculo contristó elánimo de los viajeros y el
barón empezó á preguntarse con recelo si ental yermo hallaría provisiones para su
pequeña tropa. Grande fué por lotanto la satisfacción de hidalgos y arqueros al notar
que el senderodesembocaba en ancho camino y que á poca distancia del cruce se veía
unacasa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba laenorme rama
seca que anunciaba un mesón ó paradero.
—¡Ya era tiempo, vive Dios! exclamó el barón regocijado. Adelántate,Roger, y dí
al dueño de esa hostería ó taberna ó lo que sea que preparealojamiento para un
caballero inglés y sus servidores.
Picó Roger espuelas á su caballo y llegó á la puerta de la casa, dejandoá sus
compañeros á un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empujóla entornada
puerta, entró en el zaguán y llamó á gritos al mesonero. Nipor esas; y como no era
cosa de quedarse plantado allí, el jovenescudero se coló bonitamente en una gran
pieza que á la izquierdaquedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardían con alegre
llama unosgruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un sillón de baqueta
dealtísimo respaldo, hallábase una dama cuya edad no pasaría de lostreinta y cinco, y
cuyos ojos, cejas y cabellos negrísimos contrastabancon la extremada blancura de la
tez. Pero más que su hermosura llamabanen ella la atención su aire majestuoso y
digno y la expresión grave ypensativa del semblante. Sentado frente á ella en un
escabel se hallabaun hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubría
holgadacapa negra y que tenía puesta una gorra de terciopelo negro también,
conrizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se veían un jarro devino y un
cubilete de estaño, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuandoen cuando; al entrar
Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de lasque había un plato lleno sobre la
mesa y cuyas cáscaras arrojaba entrelas llamas del hogar. Volvió un tanto el rostro