—Pues yo creía que habíais dado palabra de casamiento á una muchacha
deSalisbury.
—Á tres, amigo Roger, á tres. Y mucho me temo no volver jamás á aquelpueblo, á
fin de evitar un recibimiento más caluroso que el que pudieranhacerme tres
escuadrones franceses en Gascuña.... Pero mira aquella grantorre donde flamea el
estandarte de los leones de oro; es la banderareal inglesa, con la divisa de nuestro
príncipe. El edificio es laabadía de San Andrés, y allí se hospeda con su corte hace
más de un año.
—¿Y aquella otra torre gris?
—La iglesia de San Miguel, y á la izquierda la de San Remo. El caseróninmediato
es el palacio de Berland. Mira también esas fuertes murallas,con tres poternas hacia el
río y diez y seis en todo el circuito detierra.
—¿Y á qué el continuo sonar de tantos clarines?
—Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes señores deInglaterra y
Gascuña están aposentados detrás de esos muros y el que másy el que menos quiere
que el clarín á su servicio se oiga tanto y tanfrecuentemente como el de su vecino. Á
fe mía que me recuerdan uncampamento escocés por la zambra que arman éstos con
sus gaitas. Allíavanza un grupo de pajes que van á dar de beber á los caballos. Cada
unode esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porquetengo
entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya condirección á Dax.
—¡Simón! llamó el señor de Morel. Avisa á la gente que dentro de unahora estarán
aquí las lanchas y que lo tengan todo listo para eldesembarco.
El arquero saludó y se dirigió apresuradamente á proa. Sir Oliver notardó en
reunirse á su amigo y ambos caballeros empezaron á pasear sobrecubierta, observando
y comentando la vista de la ciudad. Vestía el barónun traje de terciopelo negro, con
gorra redonda de igual material ycolor, y sujeto á ésta el guante de la baronesa,
cubierto en parte porrizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero
obscurotraje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido á laúltima moda,
con justillo, calzón y capa corta de terciopelo verde,acuchilladas de rojo las mangas y
con birrete rojo también y de grantamaño. Las puntas de su calzado, encorvadas à la
poulaine, parecíanamenazar las piernas del rechoncho caballero.
—Una vez más nos vemos frente á esta puerta de honor que en tantasocasiones nos
ha franqueado el paso á los campos del combate y de lagloria, dijo el barón
contemplando la ciudad con brillante mirada. Allíondea el pabellón del príncipe y
justo es que ante todo le rindamoshomenaje. Ya veo dirigirse hacia aquí las lanchas
que deben deconducirnos.
—No es maleja la posada inmediata á la puerta del oeste, contestó elglotón, y bien
pudiéramos aplacar el hambre antes de ir á saludar alpríncipe, porque la mesa de éste,
aunque cubierta de brocado y plata, noes gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su
Alteza tiene la menorsimpatía por sus superiores....