Golvín miró en dirección de las dos galeras apresadas; veíaselas á grandistancia, ya
saltando sobre las olas ya cayendo pesadamente entreellas.
—Si estuviesen más cerca, dijo el marino, todavía podríamos salvarnos.Por lo
pronto, señor barón, convendría que os quitáseis la armadura,porque de un momento á
otro podemos vernos en el agua.
—No acepto el consejo, respondió el caballero. No se dirá que un noblese desarma
voluntariamente porque le amenazan Eolo y Neptuno. Lo queharé será convocar sobre
cubierta á la Guardia Blanca y aguardar conella la buena ó mala suerte que el cielo
nos depare. Pero ¿qué esaquello, maese Golvín? Por escasa que sea mi vista me
parece no ser éstala primera vez que contemplo aquellos dos promontorios, allá á
laizquierda.
—¡Por San Cristóbal bendito! exclamó el marino con voz gozosa y
mirandoávidamente en la dirección indicada. ¡Es La Tremblade! ¡Y yo que creíano
haber pasado de Olorón! Allí, frente á nosotros, está ladesembocadura del Garona, y
una vez pasada la barra habrá desaparecidoel peligro. ¡Orza, muchachos! ¡Timón á
babor!
Movióse otra vez el botalón, el viento cogió las velas á estribor éimpulsó el
asendereado barco en la nueva dirección que le ofrecía taninesperado refugio. De uno
á otro extremo de la anchurosa ría formabanlas olas movible barrera coronada de
espuma que se extendía, por elnorte, hasta un elevado pico y por el sud hasta una
punta baja yarenosa. En el centro una pequeña isla contra la cual se
estrellabanfuriosas las olas.
—Entre la isla y el promontorio hay un canal, dijo el capitán; me loindicó el piloto
del príncipe real en persona. Veremos si el Galeónobedece á mi mano, cargado de
agua como vá y sumergido una braza más delo que debiera.
—Adelante, maese, exclamó el señor de Butrón; dos veces nos ha sidofavorable la
fortuna en los inminentes peligros de este día, y si nosprotege ahora, hago voto al
bendito Santiago de....
—Tened la lengua, Butrón amigo, que si seguís ofreciéndoos carpasacabaréis por
atraernos la indignación del santo....
—Os ruego ordenéis á los soldados que se tiendan sobre cubierta ypermanezcan
inmóviles, dijo el capitán. Dentro de pocos minutosestaremos salvados ó habrá
llegado nuestra última hora.
Arqueros y hombres de armas obedecieron prontamente. Golvín se aferróal timón y
miró fijamente á proa, por debajo de la hinchada vela mayor.Los dos jefes, inmóviles
á popa, contemplaban también la temida barra.Por fin el Galeón Amarillo llegó á las
rompientes, evitó losobstáculos y en cortos momentos, dejando atrás todo peligro,
surcó lastranquilas aguas del Garona.