—Tú con diez arqueros entretén á los normandos, añadió el señor deMorel
dirigiéndose á Simón y que otros diez hombres de Sir Oliver haganlo mismo con los
genoveses. No quiero revelarles todavía toda nuestrafuerza.
Diez arqueros escogidos mandados por Simón se apostaron enseguida en ellado de
la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tresescuderos vieron con
admiración la calma de aquellos veteranos en talesmomentos y la precisión con que
obedecían las voces de mando, moviéndoseá la vez como si fueran un solo hombre.
Sus compañeros, ocultos tras laborda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.
—Más alto, Fernán, más alto, que todavía no suben al abordaje. Pégateal arco,
Renato; no parece sino que le tienes miedo ó temes que lacuerda te manche el coleto.
Ten en cuenta el viento, y no desperdiciesflecha.
Entre tanto los dos pedreros enemigos habían tomado la ofensiva, bienprotegidos
los servidores de ambas piezas por alta red de malla. Laprimera piedra del genovés
pasó silbando sobre las cabezas de losarqueros y cayó al mar; la del pedrero
normando mató un caballo yderribó á varios soldados, otra abrió un boquete enorme
en la vela delGaleón y la cuarta dió en el centro de la proa y rebotando, arrojó alagua
dos hombres de armas de Butrón. El capitán miró fijamente al barón.
—Se mantienen á distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros leshan causado
grandes pérdidas. Pero nos van á matar mucha gente con suspedreros.
—Pues una estratagema para que se acerquen, y el barón dió brevementesus
órdenes.
Trasmitidas que fueron éstas, los arqueros empezaron á caer como si laartillería y
las flechas de los piratas causasen en ellos grandesestragos. Muy pronto no quedaron
más que tres arqueros por banda y losbarcos enemigos se acercaron rápidamente, con
las cubiertas llenas deuna turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blandía
sables,hachas, puñales y picas.
—Acuden como peces al cebo, exclamó el barón. ¡Á ellos, soldados, áellos! El
estandarte aquí, á mi lado, y los escuderos á defenderlo.Tened las anclas listas para
lanzarlas á bordo de esos condenados.¡Suenen los clarines y Dios proteja nuestra
causa!
Una aclamación unánime le respondió y las bordas del barco inglésaparecieron
repentinamente cubiertas de proa á popa por una doble líneade cascos. La turba
enemiga lanzó gritos de rabia, sobre todo al recibirel nublado de flechas que lanzaron
los arqueros ingleses en el centrode aquella abigarrada multitud, compuesta de
hombres de todas catadurasy colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y
moros. Laconfusión á bordo de ambos piratas fué espantosa y grande la matanza,pues
los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enormeGaleón, que
dominaba las cubiertas enemigas. Además, en aquella masacompacta, pronta al
abordaje del que creían ser punto menos queinofensivo buque mercante, no se perdía
una sola flecha y los piratascaían á montones, muertos ó heridos. En tanto los