—Veo que estás ya pronto á ponerte en camino, hijo querido. Y no dejade ser
coincidencia curiosa, continuó el abad con aire pensativo, la deque en un mismo día
salgan de este monasterio el más perverso de susnovicios y el mancebo á quien todos
consideramos como el más digno denuestros jóvenes discípulos y que es también el
predilecto de micorazón.
—Sois demasiado bondadoso, padre mío, contestó el doncel. Por mi parte,si me
fuese dado elegir, acabaría mis días en Belmonte. Aquí he tenidomi dulce hogar desde
la infancia y al salir de esta casa lo hago converdadero pesar.
—Pruebas impuestas por Dios son esas penas, Roger, y cada cual tiene sucruz. Pero
tu partida, que á todos nos contrista, es inevitable. Yoprometí á tu padre que al
cumplir los veinte años saldrías de Belmonte,para ver algo del mundo y juzgar por tí
mismo si preferías seguir en éló volver á este sagrado refugio. Acerca ese escabel y
toma asiento.
Hízolo así Roger y el abad continuó diciendo, después de reflexionaralgunos
momentos:
—Veinte años hace que tu padre, el arrendador de la granja de Munster,murió,
dejando valiosos cortijos y terrenos á la abadía y dejándonostambién á su hijo menor,
niño de pocos meses, á condición de criarlo yeducarlo en el monasterio. Hízolo así el
buen hidalgo no sólo porquehabía muerto tu santa madre, sino porque Hugo de
Clinton, su hijo mayory único hermano tuyo, había dado ya pruebas de su carácter
díscolo yviolento, y hubiera sido absurdo dejarte encomendado á él. Pero comodije
antes, tu padre no quería dedicarte irrevocablemente á la vidamonástica; la elección
dependerá de tí, y no has de hacerla ahora, sinocuando tengas alguna experiencia de la
vida, para resolver con acierto.
—¿Y no impedirán mi partida los cargos que he ejercido ya en lacomunidad, aparte
de mis funciones de amanuense?
—En manera alguna. Veamos: ¿has sido despensero y acólito?
—Sí, padre.
—¿Exorcista y lector después?
—Sí, padre.
—Y obediente y piadoso como un hermano profeso, pero nunca has hechovoto de
castidad. ¿No es cierto?
—Así es, padre mío.
—Pues nada te impide entrar en el mundo y vivir en él tan librementecomo el que
nunca ha pisado el claustro. Y puedo decir con placer queesa nueva vida se abre ante
tí con buenos auspicios, porque además delos sanos principios que te hemos
inculcado, eres hábil y puedesbastarte á tí mismo haciéndote útil á otros. Dime qué
has aprendidoúltimamente; ya sé que eres escultor de no mediano mérito y que