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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

fuemodificado por un mobiliario moderno del más correcto gustocontemporáneo. Los
viejos retratos de la familia fueron a cubrir lasparedes de los últimos cuartos, incluso
el de mi tía, que había reinadoveinte años en la pared principal del salón.
Mi tío Ramón echó muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente almundo;
pero siempre débil a las tentaciones de la carne, sus setentamillones de pesos vinieron
a quedar muy luego en las condiciones de unreal en la puerta de una escuela. El
doctor Montifiori fue el primero enadvertir que mi tío era un partido; pero ¿cómo, por
qué medio iniciar lacampaña diplomática para conseguir sus fines?
El insigne gomoso pensó, caviló mucho, hasta que un día se dio un golpeen la
frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la soluciónde un problema.
Montifiori había pensado en que él no podía ser católicoal cohete, sin servirse de sus
creencias religiosas.
El hombre de más influencia en la alta sociedad bonaerense era el señorPenseroso:
un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidísimo, suavecomo una alondra,
agudo y penetrante como una aguja: con su rostro demártir, y un ojo apagado que no
revelaba por cierto toda la agilidad yla hondura de que aquel sacerdote estaba dotado.
Dignísimo en su trato,su influencia se sentía en los salones, pero era la influencia de
unasombra; jamás se impuso por presión o actos públicos; su pasaje eracomo
subterráneo, latente, pero eficacísimo.
Lanzado mi tío, después de la muerte de su mujer, en una vida dedesorden para sus
años y para su seriedad, recogiéndose tarde, picadopor la tarántula de las artistas de
teatro y de las bailarinas de Colón,el buen viejo le había echado la capa al toro, como
vulgarmente sedice. Montifiori comprendió desde el primer momento que mi tío tenía
unlado débil que explotar y como medio empleó al señor Penseroso.
El salón de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. DonBenito
reinaba allí como un tirano. Algunas noches solía concurrir elseñor Penseroso, por
quien mi tío había cobrado una viva simpatía. ¡Tandulce, tan suave era aquel
santísimo y virtuosísimo padre!
Blanca le hacía toda clase de fiestas y cariños al insinuante abate: alsentársele al
lado, aquella criatura, fría e impávida, se volvía unagata mimosa con el clérigo: le
besaba respetuosamente el dedo ceñido porel anillo de regla: le tomaba el capelo, le
traía ella misma la taza deté y le ponía en la boca alguna rica golosina de Roverano,
con unagracia indescriptible. El sacerdote se revenía y se entregaba rendido ala
encantadora.
Blanca pertenecía a las Hermanas de los Santos, sociedad de niñas, dela que era
presidenta y en la que ejercía una grandísima influencia.
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