Not a member?     Existing members login below:

La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

—Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre,muy
sirvientero... ¿no es verdad?—preguntó riendo.
—Tal cual; pero víctima de su mujer; figúrense ustedes, que el díadomingo, doña
Medea metía en la cama a su marido para que no saliera ala calle.
—¿De veras?
—Garanto—y don Benito reía a carcajadas.
Yo me había acercado a Blanca y le había dado el brazo. Don Benito sehabía
quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habíamosencontrado.
Caminábamos con Blanca en dirección a los árboles: estabapálida como de
costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,sumamente ceñido al cuerpo; su
talle se dibujaba admirablemente.Guardábamos silencio y ni ella ni yo parecíamos
resueltos a romperlo.De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una
profundacavilación, exclamó abstraída:
—¡Setenta millones!
—¿Le parece mucho?—le pregunté.
—¡Ah!—me contestó, como despertando;—pensaba que ese tío es unhorizonte: ¿Es
muy viejo?
—Sesenta y cuatro años, no es mucho; más joven que su fortuna, seríamejor menos
millones que años... ¿no?
—¡Oh! no, de ninguna manera; diez años más o menos no es nada para unhombre,
diez millones de menos es mucho...
La tomé fuertemente del brazo con un movimiento de cólera y deimpaciencia; la
sombra del bosque nos protegía: le estreché las manos,la besé en el rostro, en los ojos,
en la boca, entre los labiosentreabiertos.
—Blanca—le dije—¡yo... no puedo resistir!...
—Hay tiempo—me replicó,—- ¡más tarde!
Y aquella mujer parecía una estatua de hielo, en medio de lainvoluntaria
voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.
Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito habíandesaparecido.
Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizouna seña que significaba que la
pareja estaba allí.
Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cupé.
Remove