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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Mi padre había abierto un pequeño libro con láminas ordinarias paradistraerme, y
yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmentesus páginas, y me detenía
contemplando los grabados, siempre estrechadopor él.
—Bien, hijito—me dijo al fin,—vete a recoger, que es tarde ya y yotengo que
hablar con tu tío.
Y como yo hiciera un movimiento de cariñosa resistencia para separarmede su lado,
él insistió dulcemente, me volvió a abrazar y a besar muchasveces y mi tío Ramón me
condujo a un cuarto inmediato donde me habíainstalado desde que mi padre se
agravó.
Al separármele, quedó en mis manos el libro que habíamos estadohojeando. Me
desnudaron y me acostaron.
Un instinto, qué sé yo, uno de esos profundos movimientos del alma delos niños,
que son como el germen de todos los variados y tiernossentimientos que brotan
después en la adolescencia, me hizo no separarmede aquel libro. Apagose la luz de la
habitación, y yo estaba abrazado demi precioso recuerdo. Quería protegerlo y ser
protegido por él mismo;era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me
lo reproducía;lloré mucho sobre él y debí humedecerlo tanto con mis lágrimas, que
mismanos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; yfue así,
abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus páginas, queme dormí aquella
noche, la última de mi vida en que debía ver al autorde mis días. Aquella noche murió
mi padre, mientras yo dormía oprimiendoel tesoro conquistado.
¡Pobre libro mío! A los diez años muy lejos estaba de amarlo por elvalor moral de
sus páginas; era el Ivanhoe, el primer romance quedebía deslumbrar más tarde mi
imaginación virgen de impresiones. Loamaba, porque había sido de mi padre: todo
era en él precioso para mí,sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante
estropeadas, susángulos doblados por los golpes que sufría, sus páginas descoloridas,
enlas que mis ojos inquietos se solían detener de paso.
El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; murió por lamadrugada, y
durante todo el día me tuvieron encerrado en el cuarto enque me habían puesto, sin
dejarme salir de él. En un momento yoconseguí, sin embargo, escaparme, llevado por
esa curiosidad inquieta delos niños, me interné en las habitaciones que conducían a la
sala, y porla hoja entreabierta logré ver dos largos y gruesos cirios llenos de
lascongelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobreenormes
candelabros de platina, semejantes a los que había visto en lasiglesias; los candelabros
reposaban sobre un tapiz de pana negra raída,con guardas de oro bastante estropeadas;
el olor acre de la cera de loscirios me hizo un malísimo efecto, y sin darme cuenta de
lo que veía,retrocedí a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.
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