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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

—Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.
—¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...
—No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de loshombres les es
indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estáshecho un lord. ¡Si yo tuviera tu
cuerpo y tus años y tú miexperiencia!...
—¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completoen el
mundo.
Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz ysalimos yo
y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos,pero el cupé de don Benito
estaba a la puerta; nos encerramos en él yempezamos a deslizarnos sobre los rieles del
tranvía a todo trote. Encinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso:
tuvimos queesperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje elturno
de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo dehombres y mujeres que
subían apresuradamente la escalera muellementetapizada y adornada con flores y
guirnaldas verdes.
¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es porcierto la
entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es unamaravilla de arquitectura.
Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de BuenosAires, o para
el joven provinciano que recién llega de su provincia, elClub es, o era en otro tiempo,
algo como una mansión soñada cuya crónicaestá llena de prestigiosos romances y en
el cual no es dado penetrar atodos los mortales.
Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de unainfluencia
única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariñocomo un antiguo amigo.
El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, mecondujo al
quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nosconsultamos un momento la
figura sobre los espejos.
En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas deCarmen...
Toreador, toreador en garde...
y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma deMerimée,
distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,los tonos calientes con
que el joven maestro ha rimado ese extraño poemade amores plebeyos y bajas
venganzas.
El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un clubman deraza tendría mucho
que rayar, desaparecería ante la masa compacta dehombres y mujeres que lo llenaban.
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