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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. Enun rincón de la
pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colaciónmatutina en completo silencio.
—Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los díasde
prueba?...
Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de queella era
completamente extraña al reciente desastre comercial; pero donEleazar, conmovido, a
pesar del apetito con que devoraba sus viandas, sedaba maña para lamentarse con
palabras que partían el corazón.
—Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero ustedme hará
justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veoreducido! ¡Todo lo he
perdido! Desde hoy vivo de la caridad de misparientes; sí, señor, de la caridad de la
familia... Aquí me tiene ustedpreso; ¡yo preso en este país que he colmado de
beneficios! ¡No veusted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra!
¡Veausted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que meamenazan,
me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido tratocon ellos! ¡No los
conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen amuerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy
reducido! ¡A no poder comer estosbocados en mi casa, porque son hasta capaces de
envenenarme! ¡Y si nofuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al
gallego quele servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habríasido de
mí!
Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido,que no tengo
nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer miscompromisos! ¡Dilo, Juan, a
todos; es posible que a ti te crean!...¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis
negocios, todos sonclaros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores...
yohe sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que lecontestaba
con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted losabe, don Anselmo, usted
sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡Nome es posible cumplir, y no lo siento
tanto por mí, sino por tantapersona excelente a quien tendré que perjudicar, contra
todos missentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos
hombres!¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias,
Juan,gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo túprimero, mira si
tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo laconciencia tranquila!...
Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio,
comoconsternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial queengullía
como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fuemenecesario cortar de
un golpe aquella eterna elegía y despedirme parasiempre de ese antro en que había
estado ocho meses.
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