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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Josef erala nota épica. Amábamos a don Pío y lo amábamos con toda el
alma;temblábamos ante don Josef y lo respetábamos a fuerza de malquererlo.
Don Pío era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo debarba, daba a su
fisonomía una jovialidad perpetua y atrayente. Dedulces maneras, lleno de cariño por
los muchachos, nadie le temía, perotodos lo contemplaban. En medio de la extrema y
plácida mansedumbre dedon Pío, reinaba en él cierta tendencia innata a la
excentricidad, en laque solía marcar rasgos positivos de talento, de observación y
deestudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes deartista cómico,
solían provocar entre los alumnos ciertas sonrisas debuen carácter, porque no era
posible ver y oír a don Pío, sinencontrarse dominado por la idea de que aquel hombre,
sincero hasta elfondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.
Don Pío no podía hablar de nadie sin extraerle toda su genealogía, sinhacer su
retrato físico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cómico oserio que podía tener, sin
determinar el traje que usaba habitualmente,sin remontar en fin hasta la biblia, para
presentarlo a propios yextraños.
En la enseñanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta yarreglada,
carecía de la noción del método como maestro. Cuando don Píohacía la exposición,
no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasabamás allá del año corriente; y en
ella iba todo, una recopilación dehechos y de datos, una enciclopedia de citas y de
descripcionesaccionadas, cada una con su mímica y sus gestos particulares.
Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias delmaestro,
sino a saltitos acompasados, refregándose las manos, si hacíafrío, o abanicándose con
una pantalla de paja, si hacía calor. Así, conese paso, llegaba a la puerta de la clase, se
paraba en su umbral,tomaba una posición de contradanza, miraba al centro, apuntando
en elrostro una franca sonrisa; en seguida, como un muñeco de cuerda, movíael
pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribuía su sonrisaen esa dirección para
repetir después la misma operación y derramar sutercer sonrisa sobre la derecha.
Hubiérase dicho que no era el maestroel que entraba en la clase, sino Fígaro mismo, al
cual sólo le faltabala navaja y el platillo del barbero.
Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja comoun pimiento,
la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bienpuesta sobre los hombros.
Don Josef pasaba la vida clamando contra todolo que lo rodeaba: contra el país,
contra sus hombres, contra lasmujeres, contra los muchachos y contra don Pío, a
quien tenía en pocacuenta en las situaciones normales.
Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido enel castillo
Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, dehaber presenciado un
naufragio y de haber sido casi víctima del hambrede una tigra mansa; preciábase de
haber conocido a la Reina de España,doña Cristina, de haberla visto comer una olla
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