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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

imprimía en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,aquella mujer un
conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y dedefectos, que atraía
irresistiblemente, y en la que la originalidad delgesto y del mirar despertaban en mí
una profunda y codiciosa curiosidad.
Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el himno, y, cuandoéste
terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió suenorme abanico de
plumas blancas, con un ademán lleno de innatavoluptuosidad. ¡Qué contraste formaba
aquella delicada criatura con mitía Medea! Una era la distinción personificada; la
envolvía, laperfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un
faunoobeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozorecio, que ya
era bigote casi, hacían de ella un ser híbrido, en el quelos dos sexos se confundían.
Estaba esa noche verdaderamente consteladade diamantes, desde la cabeza hasta los
dedos, y como los tenía, y muybuenos, uno de sus orgullos era colgárselos para
exhibirlos.
Inquieta y parlanchina, mantenía un verdadero telégrafo de saludos contodo el
teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todosconocía, a todos saludaba
francachonamente con el abanico.
De repente, un murmullo de simpatía cundió por la sala entera, y todaslas miradas
convergieron al palco central de la ochava: muchospersonajes, vestidos con la más
rigurosa etiqueta, tomaban asiento.
Mi tía empezó a nombrarlos a todos.
—Saluda, Ramón, saluda—le decía a mi tío.
—Si no ven para acá, Medea...
—Sí que ven, saluda te digo—y mi tía, al propio tiempo que le ordenabaa mi tío
que saludase, hacía repetidos movimientos de cabeza endirección al palco central, sin
que fuesen notados por sus ocupantes.
—¿Quiénes son, señora?—preguntaba Fernanda.
Pero mi tía no contestaba; empeñada en colocar su saludo en la cara desus ídolos y
en que su marido también lo colocase, lo cazó materialmentedel brazo y le mandó que
esperara la ocasión propicia para mover elpescuezo. De pronto pareciole que la
miraban.
—¡Ahí mira don Buenaventura! ¡ahí te mira el doctorTrevexo...—dijo;—¡ahora!...
saluda, Ramón.
Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balancepara cazar
la visual del adversario, pero ¡oh, contratiempo! Una miradavaga e indecisa, de la
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