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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

el histórico comedor de su casa, hacía estremecer a mi tío,y el temblor de la víctima
transmitía el fluido pavoroso a los platos ya las copas que se estremecían a su turno
dentro de los aparadores alrecibir en sus cuerpos frágiles y acústicos el choque de la
descarga deterror conyugal.
Así pasaban las cosas cuando mi tía Medea purificaba sobre la tierra asu marido. El
espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos alóleo de sus antepasados, y hasta
el del feroz mayor de caballería,tiritaban entre los marcos dorados, y perdían la tiesura
lineal yangulosa del pincel primitivo que había inmortalizado aquellos
absurdosartísticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecían, por
sualineación severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojesse paraban, los
sirvientes ganaban los confines de la casa; mi tío, quecomenzaba por esbozar una
súplica en su rostro de marido hostigadodurante veinticinco años, concluía por doblar
el cuello y hundir subarba en el pecho, ni más ni menos que una perdiz a la que un
cazadorbrutal descarga a boca de jarro los dos cañones de la escopeta.
Lasimprecaciones y los gritos estentóreos de mi tía Medea se prolongabanhasta altas
horas de la noche; tenía unos pulmones dignos de alimentarel órgano monstruo de
Albert Hall; y sus iras inclementes y casimitológicas, brotaban de sus labios como un
torrente de lava hablada, enmedio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una
sibila que evacuasus furores tremendos.
Una mujer como mi tía, tenía que ser, como fue, de una esterilidad atoda prueba.
Hasta los quince años yo tuve vehementes dudas sobre susexo; aquel retoño de los
Atridas no dio fruto a pesar de mi tío.
Mi tío estaba lejos de ser un apóstol, pero era un santo.
El lado débil de mi tío era el amor, y esto explicará por qué es que alos dos años de
viudez acaba de declararme que se casa. Mi tío era unalfeñique delante de una mujer
bonita. Decir que se derretía sería poco,se revenía, se volvía una celda de miel. Al oír
una voz juvenil brotandode una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo
elástico ynervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a lapresión,
mi tío, que era flaco y alto como un junco de las islas, gemíainvoluntariamente como
una arpa eólica, y, no contento con saborear laestatua con los ojos, cedía, sin querer,
el brazo a los movimientosirrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el
buenseñor.
Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aquí cómodos
pasiones contrarias, la cólera crónica de mi tía y la ternuraamorosa de mi tío, habían
llegado poco a poco a constituir en él unasegunda persona, en la que se habían
transformado todos los rasgosprimitivos de su carácter. El buen viejo había
conservado toda subondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado,
estirado, comoun hilo elástico, por su mujer, se había enflaquecido más de lo
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