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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Al día siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres ymujeres
hervían en el puchero porteño, como diría el autor del DiabloCojuelo. Todas las
elegancias, todo el caudal de las modas habían sidoreservadas para aquel día. Muchas
matronas de peso, que hoy han trepadola cima de los cincuenta, eran criaturas
adorables entonces y esperabancon las manos llenas de flores y coronas el desfile de
sus guerrerospredilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que
purganel delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobreuna
mesa de dominó.
Me habían vestido de nuevo aquel día, y mi tía, que participaba de laalegría general
y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional,me había trazado un
programa deslumbrador, cuya primera parte consistíaen que yo no ocupara un sitio en
los balcones, porque no había lugar, encambio de ir al Bajo a ver las tropas con
Alejandro y por la noche alteatro con mi tío. Yo bailaba de júbilo. Ir a la fiesta solo,
conAlejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se habíaobstinado en no
salir y, encerrado en su cuarto, se negaba acomplacerme; pero fueron tantas mis
súplicas y mis empeños, que al cabocedió, y muy de mañana nos pusimos en marcha
para el muelle. La ciudadestaba completamente embanderada; yo seguía absorto de la
mano deAlejandro, que, caminando con desdeñosa indiferencia, procuraba quitarlela
vereda a todo aquel en quien él creía encontrar un transeúnte alegre.Entramos a la
plaza Victoria; frente a la Policía se levantaba un arcoadornado con banderas patrias y
grandes palmas de sauce llorón. Yo quisever el arco, como era natural, a pesar de la
resistencia de Alejandro.
—¡Vamos, vamos, llévame—le decía.
—¡Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos;vámonos.
Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que amí me
pareció colosal.
—Vamos, pues, niño; vamos.
—Aguárdate, vamos a leer lo que dice allí—y yo, que no era muy fuertepara leer de
corrido, me puse a deletrear los motes de losbastidores:—«Men-gua y bal-dón a los
cobar-des que aban-do-na-ron asus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro».
—¡Mengua para ellos!—me contestaba Alejandro, taimado.
—Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.
—Si no debe decir nada—me replicaba Alejandro...
—Sí, sí, vamos—y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otroletrero.—No ves,
porfiado,—le dije,—como aquí también hanescrito.—¿A ver lo que dice?—Y después
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