Not a member?     Existing members login below:

La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

excitación natural producida por los sucesos, ymi cabeza no pensaba sino en batallas
y soldados.
Conseguí fácilmente que Alejandro me acompañara a mi cuarto: mi tío mehabía
regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cualesfiguraba un regimiento de
caballería en cuyo jefe yo creía entrever lafigura invencible y milagrosa de don
Buenaventura, el general ycandidato de mi tía. Los detalles del boletín leído en lo de
Bringas, mequemaban los sesos. La primera vocación de un muchacho es la
guerra:tener un sable, un fusil, un cañón, aunque sean de juguete, generalmentepor ahí
terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas desoldados, formarlos,
hacerme la ilusión de que aquello es un ejército,ese era mi ideal en aquellos días.
Alejandro, que me comprendió, se echó al suelo largo a largo en micuarto,
encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamosa formar las dos
hileras de guerreros de estaño, una frente de la otra.Por demás está decir que en el
ejército de Alejandro figuraba la brozade mis cajas de soldados; el enemigo no
merecía otra cosa, mientras queen el mío, las filas estaban compuestas por infanterías
y caballeríasrecién salidas de la plomería. Frente a mi línea de batalla, cabalgandoen
un corcel blanco en actitud de galopar, con elástico y pluma, sabledesenvainado, yo
había colocado a mi general. A su turno, Alejandro,sirviéndose de un soldadito roto,
había puesto el suyo al frente de sulínea y para provocarme me decía:
—¡Este es don Justo, mi patrón!
—¡Muera don Justo!—le grité yo, y, sirviéndome del proyectilrecíproco, que era
una pelota de goma, envié la primera descarga alcampo enemigo, consiguiendo
derrumbar toda una hilera de la tropa deAlejandro.
—¡Allá va!—me contestó Alejandro;—y la pelota entró por mi campo,llevándose el
primero por delante a mi invicto general.
Lancé una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto ycon toda la
energía de mis dedos volví a parar a mi capitán sobre elcampo de acción; pero
Alejandro, con una pasión pueril y tenacísima,volvió a sembrar la muerte y la
desolación en mi campo por medio de unnuevo pelotazo que dirigió contra mi
ejército.
—¡Basta! no quiero jugar más—le dije con mal humor;—mira, Alejandro.¿Conoces
la tienda de Bringas? ¿Sabes dónde es?
—Sí, niño ¡cómo no! ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque esta noche hemos estado allí, y un señor alto preguntó quiénera yo, y al
salir, me dijo que yo merecía cuatro balas, como lashubiera merecido papá... ¿Por qué
me ha dicho eso ese señor?
Remove