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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

sobre uncaballo trazado con el más respetuoso cuidado, diseñaba la figura de
migeneral, ídolo de mis sueños infantiles, especie de Cid fraguado por mifantasía de
niño, caricaturado involuntariamente por mi lápiz torpe, ydestinado por la Providencia
a aplastar a Urquiza, a quien yo me lorepresentaba vestido de indio, con plumas en la
cabeza, con flechas y ungran facón en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que
constituíasu ejército.
La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi tía me sacó acaminar, para
tomar lenguas, como ella decía.
Las calles estaban cuajadas de gente. Corrían ya los rumores precursoresde la gran
noticia. Algunos dispersos habían llegado al Pergamino yunos proclamaban
resueltamente la victoria, otros dudaban del éxito, ylos más tranquilos manifestaban la
vacilación que se experimenta en esostrances.
No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la callePerú y la de
la Victoria, han cambiado mucho en los veintidós añostranscurridos: el centro
comenzaba en la calle de la Piedad yterminaba en la de Potosí, donde la vanguardia
sur de las tiendas estabarepresentada por el establecimiento del señor Bolar, local de
esquina,mostrador democrático al alba, cuando cocineras y patronas
madrugadorasacudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete dela
noche y el toque de ánimas. El barrio de las tiendas de tono seprolongaba por la calle
de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellascinco cuadras constituían en esa época
el bulevar de la façon de lagran capital.
Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local,han desterrado
la tienda porteña de aquella época, de mostrador corridoy gato blanco formal sentado
sobre él a guisa de esfinge. ¡Oh, quétiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas
sin vidrieras, tapizadascon los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos
o tresmetros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas depercal, la pieza
de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en elmuro, inflándose con el
viento y lista para que la mano de la marchantaconocedora apreciase la calidad del
género entre el índice y el pulgar,sin obligación de penetrar a la tienda.
Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidrieraengolosina
los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto quereclamaban nuestras madres con un
derecho indiscutible.
¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! Cuán lejosestán los
tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia ylos méritos sociales de
aquella juventud dorada, hija de la tierra,último vástago del aristocrático comercio al
menudeo de la colonia. Nopasaba una señora ni un niña por la calle sin tributar los
másafectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cómodamente ensillas
colocadas en la calle y presididos por el dueño delestablecimiento. Y cuando las
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