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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

como él se hacía notar en la conversación privada,—por suhumorismo, sus epigramas,
sus sarcasmos, a veces sangrientos, perosiempre revestidos de cultísimo y elegante
estilo.
De gustos refinados, Lucio Vicente López cultivaba las bellas letras,más como
catador que como autor, fuera de su papel de polemistapolítico, que con tanto brillo
desempeñó; su ilustración literaria eramuy vasta, como lo era su preparación jurídica,
y seguía con algo másque simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolución
de laliteratura contemporánea, sirviéndole para este estudio susconocimientos
clásicos, su innato buen gusto y su talento reconocido,que brillaba en cuanto atraía,
siquiera momentáneamente, su atención yprovocaba su acción.
Pero un día tenía que sentir la necesidad de hacer mover y fructificarsus capitales
literarios, no en ligeros esquicios, como lo había hechohasta entonces, sino en obra de
ciertas proporciones y de algún aliento.Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de
no dejarlo enmohecer en elcerebro, como bienes de avaro, le hizo producir La Gran
Aldea, librode observación y de crítica, lleno de vida y de agudeza, en el queabundan
las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese unensayo, el primer paso en
un camino nuevo si no desconocido, y por elque el autor no emprendió viaje otra vez,
traído y llevado enseguida porlas luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las
altasposiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobiernomismo del
país.
La Gran Aldea nos presenta un boceto lleno de gracia y de
«exactitudcaricaturesca», si así puede decirse, de lo que era el Buenos
Airesromántico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimeríaslos
hombres que hoy cuentan cuarenta años, pero cuyos últimos resabiossuelen aparecer
todavía aquí y allá, como fuegos fatuos producidos porcosas pasadas y muertas hace
mucho... el Buenos Aires social,desaparecido bajo el aluvión extranjero que, sin darle
un nuevo carácterdefinido todavía, le ha quitado su antigua y peculiar
característica,mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitación europea.
El título mismo de la obra está diciendo lo que es: el retrato de unpueblo en marcha
rápida y progresiva, pero que todavía no ha dejado losandadores de la aldea, del
villorrio, para andar con el paso seguro dela ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el
exterior, sin que su intimidadresponda a la apariencia.
La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y deaquel cerebro;
tiene defectos, pero, como decía Goldsmith, quién sabe siesos mismos defectos no
constituyen un atractivo más, y si la percepciónno desluciría el libro, quitándole
individualidad.
La Gran Aldea apareció por primera vez en los folletines del SudAmérica, que
acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ellauna edición de corto número
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