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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Blanca queregresaba. De pronto ardió un fósforo y acto continuo la luz violentadel
gas iluminó toda la habitación.
Entonces el cuadro que se presentó a la vista de los que allí seencontraron, fue
terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de laniña cubierta de hollín: las cortinas
se habían encendido, el fuegohabía invadido las ropas; la desgraciada criatura había
muerto quemada,por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, había
dejadola bujía a poca distancia de la cuna. El rostro de la niñita era unallaga viva:
tenía los dientes apretados por la última convulsión; con lamano izquierda asada por
el fuego, se asía desesperadamente de una delas varillas de bronce de la camita, y la
derecha, dura, rígida enademán amenazante; la actitud del cadáver revelaba los
esfuerzos que lavíctima había hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la
quehabía encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su maridopostrado en tierra y
a su hija quemada viva en la cuna: retrocedió y dioun grito terrible: el pobre viejo se
levantaba al mismo tiempo, y en lapuerta que daba al vestíbulo exterior por donde
Blanca había penetrado,sorprendía con la vista un hombre joven que había entrado
con ella: fuelo primero que vio, quiso lanzarse sobre él, pero el grito de horror
deBlanca lo detuvo, y entonces volvió los ojos sobre la cuna de su hija.Toda esta
escena fue la obra simultánea de un instante; las más brevespalabras no alcanzarían
nunca a traducir su trágica rapidez. El pobrepadre, al ver el horrible espectáculo que
presentaba el cadáver de suhija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante
él, quisohablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que enactitud
vacilante no sabía qué partido tomar, pero apenas dio dos pasoscayó al suelo,
fulminado por una parálisis repentina, la lengua trabada,el rostro descompuesto, el
cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con lafrente en el suelo y su rostro se bañó en
sangre.
—Huyamos, Blanca—gritó el desconocido, cubriéndola con el tapado queella le
había abandonado al entrar.
Aquella miserable criatura abarcó la escena con una sola mirada, pero elbrazo
amenazante de la niñita la intimidó y dio vuelta al rostro. Elcuerpo de su marido
obstruía el paso por la única puerta de salida; sedetuvo un instante, y como tomando
una resolución repentina, con losojos iluminados por una luz satánica, se volvió al
hombre que laesperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo
queyacía en tierra, le gritó:
—¡Huyamos!
XX
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