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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

lashabitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Unaidea fija
embargaba la razón del desgraciado anciano. Se incorporódébilmente sobre el piso y
gritó a Graciana, con voz ahogada yangustiosa, pero nadie le respondió. Volvió a
gritar con un acento dedesesperación, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano,
nadie lecontestó tampoco; se incorporó de nuevo y arrastrándose con trabajotanteó las
paredes, buscando el botón de la campanilla eléctrica:después de unos minutos lo
encontró y lo hundió con desesperación: elsilencio era tan profundo que oyó el
martilleo peculiar del timbre en elfondo de la casa; esperó, pero nadie vino: llamó de
nuevo y siguióllamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le
respondía.Entonces volvió a gritar desesperadamente a Graciana y,
creyéndoseorientado por un momento, atropelló en la dirección en que él creía
queestaba el cuarto de la niña; pero, no bien había dado tres pasos, cuandorecibió un
terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; habíadado contra la puerta opuesta.
El viejo cayó desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente dela noche
volvió a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquellasituación, el reloj del
Cabildo dio las tres de la mañana y el eco sordode la campana se difundió por la
ciudad dormida. El viejo pensaba queBlanca no podía tardar: se oían las voces y las
algazaras de las últimasmáscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del
club,tocaba las últimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruelsituación
del anciano afligido, casi inmóvil, presa de una fiebreterrible. En ese estado se
arrastró por el suelo tanteando siempre losmuebles: por último, puso la mano sobre un
sofá, que ocupaba el espaciocomprendido entre el balcón y la puerta que llevaba al
cuarto de su hijay con una alegría íntima se incorporó, impulsó la puerta que
Gracianaal partir había dejado entornada y penetró a la habitación, loco,convulso,
desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, allí sehabía quemado algo: recordó
su sueño, aquella súbita luz que habíaherido sus pupilas y aquel grito penetrante que
aun le parecía oír ycayó de nuevo en una desesperación terrible. El humo de la
habitacióncomenzaba a asfixiarlo y un terror frío e indescriptible cerró suslabios y
paralizó sus movimientos; un temor instintivo no le permitíamoverse; prefería la
duda, la inmovilidad, antes de acelerar eldesenlace espantoso de aquella noche de
abandono y de insomnio. En esasituación volvió a llamar tímida, cariñosamente, a
Graciana, pero, comoantes, nadie le respondió.
Postrado en el suelo, en un rincón del cuarto, rodeado siempre por lamás completa
obscuridad, pudo oír que un carruaje acababa de detenersebajo de los balcones, y al
rato, que se abría y cerraba con gran cuidadola puerta de calle: sintió en seguida pasos
en la gran escalera: quisollamar para apurar a los que venían, pero la palabra se ahogó
en sugarganta y tuvo que esperar: oyó los pasos en el vestíbulo y unossegundos
después el ruido de una llave en la cerradura de la puerta dela habitación en que se
hallaba: la puerta se abrió y dio paso aalguien: el frou-frou de la seda le indicó que era
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