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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

las tías y madrinas viejas, que sele acomodan desde su asiento a una masa sopada en
vino Priorato, venpasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña
cargosmodestos, pero honrosos en la política argentina. Y, generalmente, esossnobs
de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodeasu nombre; pero, si
suelen ser eximios como amantes, son intolerablescomo maridos; todos concluyen
enamorando vascas, como Alejandro, operdiendo a las negritas mimadas de casas
decentes. Aquella sociedadtiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos,
seducciones,adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de lasbatallas
pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque elnegro y el pardo
porteño saben batirse con la bizarría del mejor de lossoldados y caer sobre el campo
de la acción como caen los héroes.
Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandropara
volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podíahaber notado su
ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blancapodía haber regresado del club;
pero el negro, rumboso al fin, comotodos los de su clase, quería concluir la noche con
una cena en un caféde la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.
Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la últimagalopa con
un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir acenar, no por cierto unas
ostras con Sauterne, sino unas suculentascostillas de chancho, apoyadas por una
copiosa taza de café con leche,con pan y manteca, que sirvieron para corregir la
vacuidad incómoda, quetodos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos,
sienten a lastres de la mañana después de una noche de baile.
Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente delteatro, con
los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,demostrando en el rostro esa
melancolía peculiar que demuestra el últimocomparsa que se retira en la madrugada
de la tercera noche de carnaval.
Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera delbrazo, y
doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puertade la casa de sus patrones.
Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa demi tío Ramón;
la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulobajo y en el vestíbulo alto.
Algo de extraordinario debía de haberpasado durante su ausencia, y la fuga de
Graciana había sido notada. Lasirviente tuvo un acceso de nervios muy común entre
las francesas y nose atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de
miedo.
El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía acomprometer ni
a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentabacon el ruido de los
carruajes que comenzaban a remolinear en la esquinadel Club del Progreso, lo que les
indicaba que el baile allí tocaba a sutérmino, que de un momento a otro, Blanca
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