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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

Blanca, sin embargo, despuésde los primeros meses, parecía hastiada ya de los
cuidados maternos.Hacía tres meses que no iba a bailes y que no hacía su partida
dewhist con los amigos de su padre.
¡Era triste la vida así! Esa vida de familia, el bebé que llora denoche, que pide
inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas desueño: ¡Oh, qué vida tan
insoportable!
Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca había perdido unbaile del club y
otro baile particular y hacía semanas que se limitaba asus excursiones íntimas con la
madre.
Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre tío pagaba
aquellasintemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer
decomprender el amor de madre en toda su sublime expresión. Mi tío
poníaseachacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, unavez
aliviada de sus incomodidades maternales, quería indemnizarse de suausencia de la
sociedad y exigía que su pobre marido expusiese susconstipados a las corrientes de
aire de los teatros y a las salidas delos bailes.
Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastanteel tren
insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi tía Medea,incólumes hasta el
segundo matrimonio de mi tío, ya era materia más quedudosa: los inmuebles de la
ilustre descendiente de los Berrotaránsoportaban ya algunas hipotecas en cambio de
los diamantes queiluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que
arrastrabaen las alfombras de los salones del gran mundo.
Sobrevino el primer período crítico de este enlace. Blanca comenzó porir sola con
la madre una noche al teatro. Su marido, que hasta entonceshabía hecho todos los
esfuerzos supremos para acompañarla y manteneralto el pabellón, se resignó por
último. Los reumatismos tienen al finla razón sobre la voluntad; y como era, según
ese espléndido Montifiori,una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante
de cintura desu yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de ópera, el buen viejodon
Ramón, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad yde las
excelentes razones de su magnífico suegro, se quedaba en su casacon bebé mientras
su linda mujercita resistía en Colón la carga de losmás peligrosos anteojos de la
temporada.
¡Pobre viejo! En las noches de soledad para él hacía traer a su lado lacuna de su
hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones,materialmente embutido en el
hogar de la chimenea, pasaba las horascontemplando el rostro de aquel ángel que le
brindaba sus primerassonrisas y balbuceos. ¡Cuánta semejanza entre los niños y los
viejos! Enorillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de lacorriente de
la vida, en la que unos se han agitado y en la que losotros no sueñan en agitarse
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