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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

ycalaveras, que solían comer allí y alegrar la tertulia de Blanca, en laque Fernanda
gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,se cantaba, se saboreaban
los escándalos sociales, se criticaba, semordía en grande y se jugaba... se jugaba
grueso. Era la única malapasión del gentil don Benito; superior en él a todas las otras,
lodominaba y lo consumía.
Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijosni parientes,
había tomado la vida con una suprema frialdad y se leimportaba muy poco del mundo
en todo aquello que no fuera para élmateria de honra. El sabía y conocía su situación;
encontraba alegre lavida en el salón de Fernanda y de Blanca, hacía en él sus
campañasamorosas y perdía como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetesde
banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,desprendido, pródigo
hasta el exceso con las mujeres; calavera sinescrúpulos en materias parvas; burlón de
los avaros y de los necios,lengua libre y corazón de oro en medio de los terribles
defectosmundanos que le atribuían ciertas mamás consternadas por su mala fama.
Una tarde que don Benito y otros amigos comían en lo de Blancaalegremente, como
de costumbre, mi linda tía se sintió indispuesta. Mitío se alarmó profundamente; todo
el círculo de invitados procurómanifestar igual alarma. Se llamó al doctor de la
familia, un médicojoven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano.
Vio aBlanca, la sometió a todas las añagazas y a todo el procedimientoaparatoso del
arte, y en medio de la aflicción sincera de mi tío y delos invitados, sacó al marido
aparte y le dijo sonriendo:
—Bien, amigo don Ramón... le felicito...
—Doctor, no entiendo... perdone usted...—le contestó mi tío.
—Pues dígale a Blanca que se lo explique... ¿no le ha dicho nada?
—¡Ah!—exclamó mi tío golpeándose en la frente.—¡Pobrecita! ¿Quién lohubiera
creído?... ¿Será posible? ¡Ya me lo había sospechado!
—¿Y por qué no? Cualquiera, conociéndolo a usted... ¿o pensaba usted...que,
casándose con una muchacha como esa, no?...
—¡Oh! no, no—contestó mi tío con cierto orgullo reconcentrado, comoun hombre
que está persuadido de haber cumplido con su deber.
La novedad se contó en voz baja a los contertulianos. Blanca,
echadanegligentemente en un canapé, la oía comentar y circular por el salón, ypasada
la primera crisis y bebida la fórmula anodina que había recetadoel médico, dejaba
caer sus miradas frías y distraídas sobre las páginasde un periódico ilustrado que
apenas podía sostener en sus manos. Mi tíoRamón hacía pucheros de alegría y de
íntima satisfacción. ¡El, sinsospecharlo, él, a sus sesenta y tantos años, había
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