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La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses

—En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre untítulo, y que
Blanca sea Baronesa de algo...—dijo don Benito después dehaber apurado una copa
de champagne.
—¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién losurte?...—
agregaba don Benito;—este champagne es abominable... ¿si noscreerá tontos este
gran pieza de Montifiori?
—El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos deMontifiori están a la
altura de la mayor parte de sus invitados. Hombrepráctico al fin, él sabe que a su casa
viene de toda clase de gente. Esabsurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para
qué? quién lo sabríaapreciar.
Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba micompañera
de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me habíasucedido el año
anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?Yo estaba seguro de mí mismo,
¿qué podía temer? En estas reflexionesestaba abstraído, cuando don Benito vino a
golpearme en el hombro.
—Julio—me dijo,—¿vamos a cenar al club?
—Vamos—le respondí maquinalmente, después de haber saludado aMontifiori y a
Fernanda y tomamos nuestro carruaje.
—Sabes—me dijo, ya en el coche don Benito,—que Fernanda me ha ganado5000
duros... ayer.
—¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?
—¡Bah!...
—Y...
—Y... se los he tenido que pagar...—agregó riendo,—vale la pena deperderlos con
ella—añadió.—Si tu honor te lo permitiera, yo teaconsejaría que te los dejaras ganar
por Blanca.
—Vamos—le dije, poniéndome serio,—don Benito, eso no es correcto...Blanca es
la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.
—Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío deusted... pero
tenga cuidado con ella para poderla respetar.
En aquel momento mismo llegábamos al club.
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