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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de sudiscípulo,
exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de concluirsobre un cadalso.
Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezadaya para la
cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecíabajo las llamas del
candelabro, y después de largo silencio, repuso:
—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y loshonrados.
Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro hacia la lumbrey golpeando con el
puño sobre la mesa—que aún quedan en la noblezacastellana ánimos capaces de
mostrar la vieja valentía.
—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si estoy por decir queha entrado
en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os vana todos revolviendo la
sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandioy tahúr de don Enrique y esa bestia
furiosa de Bracamonte no hacen sinovomitar en palabras el hondo despecho de no
haber merecido honor algunoen su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como
fijen ese alevosopasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de
verdugo,con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro,concluir
como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, oiros a remar en alguna
galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; yasí figuraréis en las crónicas como el
vil descendiente que arrojósemejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.
—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda denuestros derechos
antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó lavida por ellos.
—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de cosechar esa espiga.¿No será,
¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente detantos yerros y desgracias, lo
que os hace desvariar de esta suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otrosentido, comenzó a
decir, con la entonación grandiosa y el ademán vastoy pulpitable que usaba en ciertas
ocasiones:
—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis dela real
paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que larepública se pierde?
¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación mástemida y envidiada que lo es hoy día
la española? Somos los amos de latierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de
las greñas. El terciode Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la
falangemacedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelasespañolas
tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociosejamás un monarca que
fuese a la vez tan justiciero y tan grande comoFelipe? Seguro estoy de que en los
venideros tiempos, para formar untrasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de
David con lasabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia
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