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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidospor
Casilda, ya era de noche.
—Cae nieve—dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera,comenzó
a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada amedio grueso en el muro
divisorio, el rumor de los que iban penetrandoen la estancia vecina. No había rendija
alguna por donde se pudieseatisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente
a loscongregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
—Las nuevas cartas—dijo Bracamonte—son del Barón de Bárboles, deMiguel de
Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y laagitación
popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor deBárboles, entre otras cosas
decía: «Hoy somos los aragoneses losamenazados, mañana lo seréis vosotros.
Prestémonos fiel ayuda, hermanosde Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues
aquellos que son tenidospor sus padres y jueces, son malos padrastros y
prevaricadores della.»
—Sí; la república se pierde—agregó con brusquedad Bracamonte,comunicando a
su voz una resonancia imprudente.—¿Y, por ventura,debemos asombrarnos, cuando
España, regida ayer por sus más clarosvarones, es hoy la presa de ávidos pecheros,
que, no sólo buscan portodo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la
pública,sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antiguanobleza del
reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, einventando contra ella,
cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si elpuntilloso honor de nuestra casta no se
hubiese trocado, agora, enacoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos?
¡Ea!:mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos denuestros
mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, sies preciso, la vida en la
demanda, antes que la honra. Aragón sóloespera nuestra señal para arrojarse; Sevilla
bulle y se revuelve,Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas
nosotrosmarchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte.Luego, en
medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta,inconfundible.
—Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, hadestemplado mi
corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda quedapuesta desde hoy al
servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,hareme subir en silla a la muralla, que
aún puede mi diestra disparar unvenablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro enla
obscuridad.
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